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El Blog de la Polilla Cubana
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24/07/2009 GMT 1

Irse con Cuba dentro

polillabaez @ 21:44

Una querida amiga, emocionada por la lectura de este texto pide lo difunda entre nuestros amigos… ¿y por qué no?, también entre nuestros enemigos… porque realmente vale la pena leer este artículo de Ronquillo, donde nos muestra y demuestra que muchos de los que abandonan a Cuba, la recuerdan, veneran y respetan sin olvidar lo que gracias a la Revolución lograron; que no son mayoría los que, en tierra extraña, “aún no desembarcan y ya están frente a micrófonos a la venta de su pasado” y comprando su futuro, vendiendo su alma por los 3 dineros de Judas… arrodillados ante quienes con una mano palmean la cabeza inclinada y  con la otra, entregan la zanahoria envenenada de la traición… Irse con Cuba dentro

Por Ricardo Ronquillo Bello 

 

el-bailarin-carlos-acosta-el-leon-de-ebano-cubano.jpgFoto: El bailarín Carlos Acosta, el León de ébano cubano. 

Una frase de Carlos Acosta, el León de ébano cubano que dignifica el Royal Ballet, dicha frente al delirante público que lo aclamó junto a bailarines de esa compañía inglesa en las afueras del Gran Teatro de La Habana, debería esculpirse para la historia entre nosotros, con la misma adoración de aquella de Julio César a una orilla del Rubicón.

 

Alguien argumentará que le faltó altura conceptual, y hasta académica si se quiere, con aquello de: "¡Este es el Royal en La Habana, caballero!", proclamado entre aplausos estremecedores; pero el mulato convertido en estrella refulgente de la danza internacional tendría mucho y muy bueno para defenderse.

 

Lo primero que enaltece su sencilla y cubanísima frase, y su delicado gesto fuera de toda solemnidad, es que demuestra que no cruzó el océano hasta esta orilla de la "periferia del mapamundi" —como se creerían otros— para restregarle a sus coetáneos que unas pocas sesiones de bailes sobre las tablas del Reino Unido lo convirtieron en Lord.

 

Carlos Acosta demostró con su inesperada y bendita salida a dialogar con quienes siguieron la actuación de la compañía inglesa por unas enormes pantallas, que las urgencias existenciales, o quien sabe cuántos vendavales o buenos aires, nos pueden empujar a otras orillas, pero el alma puede seguir habitando por acá, entre esta tierra de playas, quimeras y palmeras.

 

El bailarín pudo dedicar años a darse lija en el ombligo por el salto que lo llevó de la temperamental Habana a la fría y empaquetada Londres, solo que no olvidó que fue en esta ínsula de calores y esfuerzos sofocantes donde se le talló con delirio su genialidad artística.

 

La visita del Royal a la Isla, nacida de la pasión del bailarín por darle ese regalo a su pueblo, sus colegas y maestros, cual uno de sus embajadores entusiastas, es también una retribución a su país, que aunque pobre, levantó y sostiene una lujosa compañía y escuela de bailarines, asombro mundial en medio de sinsabores y carencias.

 

Tal vez por ello no usa su prestigio para armar o alimentar algarabías contra Cuba —como otros que aún no desembarcan en tierra extraña y ya están frente a micrófonos a la venta de su pasado—, sino para estimular su contacto y su lazo con el mundo; y lo que es más maravilloso, para reconciliarla con su diáspora.

 

Sí, porque este paso fugaz de Carlos Acosta nos deja también esa otra estela esplendente; esta vez contra nuestros absurdos o bien fundamentados prejuicios: no todos los que se alejan es porque nos abandonan o traicionan para siempre.

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