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Categoría: Cuba-Historia

15/11/2008 GMT 1

Estados Unidos y la Revolución Cubana II

polillabaez @ 04:15

Estados Unidos y la Revolución Cubana. Del diferendo a la confrontación. 1959-1961. (II Parte)

Por Orlando Cruz Capote

A partir de la aprobación de la Primera Ley de Reforma Agraria, los planes contra la Revolución comenzaron a articularse de forma decisiva. Eran necesarias todas las vías posibles para “poner de rodillas” la osadía del Gobierno Revolucionario, desde el aumento de las presiones políticas, económicas, financieras, comerciales, la preparación y creación, en su mayoría, de grupos mercenarios armados para agredirlo desde el exterior, hasta la coordinación de las acciones punitivas con los gobiernos latinoamericanos y caribeños, sin olvidar las campañas de sabotajes económicos, atentados a dirigentes, bombardeos a objetivos económicos y civiles, guerra sicológica, incluida la radial, entre otros medios. No hay que olvidar que el propio Presidente de los EE.UU. había declarado, desde años anteriores, que la “[...] “guerra sicológica” es la lucha por ganar las mentes y las voluntades de los hombres”. (Cook Blanche, Wiesen The Declassified Eisenhower. A Divided Legacy of Peace and Political Warfare, Doubleday, New York, 1981).

Pero ya era, en gran medida, tarde para provocar la caída del Gobierno Revolucionario cubano. El apoyo consensual mayoritario de la población cubana al proceso de cambios iba in crescendo. En los pocos meses posteriores al triunfo revolucionario, el conjunto de medidas había propiciado una identificación plena, en el plano de la conciencia política y la conciencia común cotidiana -gracias a la práctica real- entre la dirección revolucionaria y las masas populares. Éstas iban cerrando filas del lado del proceso que les había proporcionado, por primera vez en la historia, un lugar y una vida digna en la Patria, gracias a un sistema de igualdades y redistribución de las riquezas materiales nacionales lo más equitativas posibles. Incluso, las autoridades y los medios de prensa yanquis lo confirmaron, aunque lo dieron por transitorio y no efectivo. Tal es la apreciación que podemos encontrar en el libro de Bonsal, cuando informó al Departamento de Estado del apoyo popular en las grandes concentraciones convocadas y realizadas ante las medidas de la intervención de la Compañía Cubana de Teléfonos. Él sostuvo el criterio de que cualquier política que se siguiera “debía marchar pareja con la opinión pública cubana, que en aquellos momentos seguía mayoritariamente a Castro”, (Phillip W. Bonsal Cuba, Castro an the US, Pittsburg, University of Pittsburg Press, 1971, pp. 43-47). Pero luego de la aprobación y ejecución de la Ley de Reforma Agraria, la agresividad y el odio de los círculos de poder de los EE.UU. hacia la Revolución fue tal, que se desestimó y subvaloró todo respaldo interno. Se intentó utilizar, y además se hizo, el arma del “terror comunista” para dividir a las fuerzas revolucionarias y al pueblo.

Al matiz diáfanamente clasista, nacionalista-patriótico y antiimperialista incluido, en el enfrentamiento entre los que habían sido desposeídos (nacionales y extranjeros) justamente de sus medios de producción, y los anteriormente explotados, se le añadió el ingrediente ideológico del marxismo-leninismo y del comunismo para tratar de alejar a las masas populares del proceso revolucionario. La contradicción entre Independencia vs. Dependencia tomaba un nuevo cariz, como consecuencia de la inyección malintencionada al panorama nacional de los prejuicios y recelos hacia la doctrina y la práctica comunista. Y el carácter de la confrontación entre Cuba y EE.UU., -nación contra dependencia o anexión- se enmascaró bajo el manto de “la presencia de un régimen comunista en La Habana” que se iba convirtiendo, además, en “una pieza” o un “activo de la política de la URSS, de China y el movimiento comunista internacional.” (4) La campaña anticubana tomaba otra dimensión y profundidad. Se había incluido a Cuba en la confrontación Este-Oeste o, en la Guerra Fría, y la Isla se convertía en un peligro para la "seguridad nacional" de los EE.UU. y el Hemisferio.

En ese sentido, el caso del ex-comandante Pedro Luis Díaz Lanz quien había defectado como Jefe de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias (fue destituido en junio, por irregularidades en el manejo de su jefatura y su vinculación con el agente de la CIA, Frank Florini), -conjuntamente a la actitud del Presidente Manuel Urrutia y del Comandante Hubert Matos- fue uno de los más utilizados por los EE.UU. para atacar a Cuba e incriminarle un sistema político y social que aún no era realidad. Díaz Lanz fue recibido y escuchado, del 4 al 10 de julio, por el Sub-Comité de Seguridad Interna del Senado norteamericano y allí, aseveró que "Cuba había caído en manos del comunismo". En un memorando escrito por las autoridades norteamericanas en el momento de las declaraciones de Díaz Lanz se decía que éste “[...] era el [...] testigo de primera mano más creíble sobre los asuntos de la infiltración comunista en las Fuerzas Armadas de Cuba, las divisiones causadas en la Revolución Cubana por la colaboración con los comunistas, [...]” y que representaba “[...] una oportunidad para presentar estos asuntos [...] más que como una querella entre Cuba y Estados Unidos”. (Memorandum from Assistant Secretary to Under Secretary Murphy; July 16, 1959, Department of State, ARA Special Assistant Files: Lot. 62 D 24, Cuba 1959, doc. 327, pp. 544-545).

Esta inmensa campaña diversionista pretendía, en la arena internacional, transformar “el problema cubano” del plano del diferendo histórico entre estas dos naciones, con una extensión en el tiempo de casi dos siglos, en una confrontación ideopolítica de los dos sistemas sociales antagónicos: Capitalismo Vs. Socialismo, en el marco de una geopolítica mundial donde comenzaba a prevalecer un cierto equilibrio de fuerzas internacionales, entre ambos campos, y de paso convertir a la Revolución Cubana en un problema para la "seguridad nacional" de los EE.UU. y del hemisferio. Ello brindó a los gobernantes norteamericanos presentar el caso cubano como un peligro para el hemisferio occidental y, en especial, al sistema interamericano y convocar a los gobiernos locales a sumarse a las preocupaciones y ocupaciones, planes y acciones, anticubanos. El propio documento anteriormente citado declaraba cínicamente que, “[...] El caso Díaz Lanz tiene una relación íntima con la decisión norteamericana de presionar y obtener una reunión de la OEA para evitar que Castro lance otras expediciones que alterara la paz del Caribe, y que además sirva para identificarlo en la conciencia de América Latina [...]”.

Luego de la Ley de Reforma Agraria, las agresiones de los cubanos apátridas, radicados en los EE.UU. y en otros países latinoamericanos y caribeños, fueron en aumento con el beneplácito de las autoridades de Washington, fundamentalmente, sus agencias especiales de inteligencia como la CIA, quienes comenzaron -o continuaron en muchos casos- a organizar, preparar y financiar -quizás la pionera de las organizaciones contrarrevolucionarias fue la “Rosa Blanca”, fundada en Nueva York, entre enero y febrero de 1959, y que tenía ramificaciones en Miami, República Dominicana y ya, en el segundo semestre de 1960, fueron detenidos en La Habana y Pinar del Río más de 35 miembros de esa banda-, todo un conjunto de acciones subversivas y criminales contra Cuba. El propio Díaz Lanz bombardeó La Habana, el 21 octubre de 1959, causando dos muertos y alrededor de 50 heridos. La quema de campos de caña de azúcar, el bombardeo a centrales azucareros, sabotajes a refinerías de petróleo, industrias importantes, comercios e instituciones revolucionarias de toda índole, la preparación de atentados a dirigentes de la Revolución, entre otros, fueron una constante en las actividades subversivas y terroristas anticubanas.

En este propio mes, los Estados Unidos suspendieron los créditos a los bancos cubanos. Ante los ánimos del gobierno cubano de propiciar el consumo de producciones nacionales, se vio reducido al mínimo los niveles de las compras de mercancías norteamericanas. La medida yanqui de cortar los préstamos a la banca nacional y privada iba dirigida, incluso, contra los intentos de desarrollo de la burguesía agrícola e industrial nacional. En noviembre de ese año cuando fue sustituido Felipe Pazos, como Presidente del Banco Nacional de Cuba, por el Comandante Ernesto Che Guevara, la teoría del “complot comunista” en lo interno cobró mayor auge.

Una visión y accionar más agresivos de EE.UU. se puso en marcha cuando el Subsecretario de Estado, Livingston T. Merchant, en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad, del 14 de enero de 1960, expresó que “[...] Nuestro objetivo es ajustar nuestras acciones de manera que se acelere el desarrollo de una oposición en Cuba que dé origen [...] a un nuevo gobierno favorable a los intereses estadounidenses”. (Reunión del Consejo Nacional de Seguridad, 14 de enero de 1960, FRUS 1959-60, 6:742-743). Otras de las acciones estadounidenses fue la de presionar al Reino Unido para que no ejecutara la venta a Cuba de los quince aviones “Hunter Hawk” contratados -desde la época del dictador Batista- y, en marzo de 1960, la CIA ejecutaba el plan de explotar el vapor francés “La Coubre”, en el puerto de la Habana, el cual traía armas, municiones y explosivos, comprados en Bélgica por el Gobierno Revolucionario. Cientos de cubanos murieron y fueron heridos en ese vil atentado y Fidel lanzó la consigna de ¡Patria o Muerte!, en el entierro de las víctimas. Y aunque ese día, nefasto y también heroico para el pueblo cubano, coincidió con la llegada de los primeros 15 asesores militares soviéticos, más bien oficiales hispanos-soviéticos, esta información fue conocida mucho después por los servicios secretos norteamericanos, porque no tuvo connotación alguna en esa fecha.

La actividad contrarrevolucionaria tomó tal amplitud que, el 26 de octubre de 1959, el Comandante en Jefe Fidel Castro fundaba, las ya mencionadas, Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) y, el 28 de septiembre de 1960, los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Solo el pueblo armado, organizado y entrenado sería capaz de hacer frente a las agresiones internas y externas que ocurrían y se avizoraban para el futuro. Igualmente, el día 8 de septiembre de 1960, se crearon los primeros batallones voluntarios de milicianos para ir a luchar contra los bandidos contrarrevolucionarios en la gran “Primera Limpia”, en el macizo montañoso de El Escambray.

El 26 de enero de 1960, el Presidente Dwight D. Eisenhower hizo pública una declaración que evidenciaba que la máxima dirección de la Casa Blanca era partícipe de una intromisión en los asuntos internos cubanos, ante la pérdida de la dominación sobre Cuba. En la misma afirmó que él, tenía plena confianza en la habilidad del pueblo cubano para evitar y vencer las intrigas del comunismo internacional que estaba dispuesto a destruir las instituciones democráticas en la Isla y aniquilar la antigua y beneficiosa amistad entre los pueblos de Cuba y los EE.UU. Sin embargo, no se decía que desde el día 22 de ese mes, el mismo había solicitado al Congreso de su país el otorgamiento de poderes para disminuir, a conveniencia, las cuotas de azúcar asignadas a los países productores que comerciaban con los EE.UU. Era el inicio de un golpe mortal al corazón de la economía cubana. Las notas diplomáticas se sucedieron una tras otra, de un lado al otro y viceversa, pero en la parte norteamericana primó la soberbia y la prepotencia, la unilateralidad y la visión de que no había nada que discutir entre Cuba y los EE.UU., solo una revisión cubana -un Mea Culpa- por “sus actos hostiles contra la nación norteña". Inmediatamente, el Presidente de Cuba Osvaldo Dorticós reiteró la necesidad de discutir las diferencias entre ambos países por los medios diplomáticos establecidos y sobre la base del respeto mutuo. (5)

La explicación estadounidense, fuera de toda lógica, repleta de sofismos y de un cinismo extraordinario, en donde el atacado se convertía en un ente amenazante y el victimario en noble oveja sacrificada, la brindó nada menos que el Presidente de la nación más poderosa del mundo, a través de su Departamento de Estado, al decir que “[...] El Gobierno de Estados Unidos no puede aceptar las condiciones para las negociaciones [...] el Gobierno de Estados Unidos debe permanecer libre, en el ejercicio de su soberanía, para dar los pasos que considere necesarios, totalmente consistentes con sus obligaciones internacionales, en defensa de los derechos legítimos y los intereses del pueblo. El Gobierno de Estados Unidos cree que estos derechos e intereses han sido adversamente afectados por los actos unilaterales de Cuba.” (The New York Times, 1ro de marzo de 1960; Colectivo autores cubanos De Eisenhower a Reagan, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987, p. 35).

En medio de esa disputa política, económica y diplomática sucede un hecho que va a ser muy manipulado y explotado por las autoridades de Washington y la prensa de esa nación como un ingrediente más “de gran valía para ellos” en la campaña contra la presencia comunista en la Isla vecina, la visita a Cuba, el 4 de febrero de 1960, de Anastas I. Mikoyan, Viceprimer Ministro de la URSS, para dejar inaugurada la Exposición Soviética de Ciencia, Técnica y Cultura, que venía de ser mostrada en México. En el marco de esta visita se firmó un convenio comercial mediante el cual la Unión Soviética compraría 5 millones de toneladas de azúcar durante el próximo período de cinco años, a los precios del mercado mundial. El carácter beneficioso del convenio se demostraba al ser contemplado que 200 mil toneladas iban a ser pagadas en dólares norteamericanos y unas 80 mil toneladas serían canjeadas por maquinaria agrícola e industrial. Asimismo, se acordaba un crédito ventajoso para la Isla de 100 millones de dólares, pagadero en 12 años a un interés del 2,5 %.

El pretexto para continuar con su política agresiva contra Cuba era ya en cierto modo real. “La Mano de Moscú” para los gobernantes de EE.UU. estaba en La Habana y el mercado de azúcar norteamericano podría verse desabastecido por una acción cubana en contubernio con la URSS. Este falso criterio se arguyó por las autoridades norteñas y fue desmentido totalmente por la parte cubana, que se comprometió de manera absoluta a cumplir con los propósitos de enviar toda el azúcar conveniada a los EE.UU. La histeria anticubana acerca de “la influencia del comunismo internacional” y las imputaciones de “filtración comunista” en La Mayor de las Antillas aumentaron cuando, el 8 de mayo de 1960, los dos países decidieron restablecer sus lazos diplomáticos, comerciales, económicos, culturales y políticos a un nuevo y elevado nivel. A partir de ese momento, en medios académicos y políticos oficiales norteamericanos se comenzó a hablar de que Cuba era un apéndice o satélite ideológico de la URSS, y la posibilidad no remota de que en su territorio se construyera una base militar de esa potencia -"un verdadero portaaviones terrestre”- que pusiera en "peligro la tranquilidad interhemisférica”.

Lo falso de tal retórica era que, desde finales del año 1959 y, específicamente, entre el 8 y el 17 de marzo de 1960, el Presidente de los EE.UU. había dado órdenes e instrucciones a la CIA -con cierta colaboración del Pentágono y otras agencias especiales- para que comenzara a elaborar y poner en práctica el plan de entrenamiento de un grupo numeroso de mercenarios cubanos (anticubanos) para que atacaran la Isla y derrocaran al Gobierno Revolucionario Cubano, con el apoyo indirecto y directo de los EE.UU. Anteriormente, en diciembre de 1959, la Agencia Central de Inteligencia, ya había instrumentado las recomendaciones aprobadas por el Director de la CIA, Allan Dulles y su Subdirector de Planes, Richard Bissell, de reclutar y entrenar a grupos de exiliados cubanos, como instructores paramilitares en los Estados Unidos y otros países latinoamericanos para una operación de infiltración en Cuba con el fin de brindarle una dirección a los "opositores anticastristas".

A partir del 8 de enero de 1960, conforme a lo discutido anteriormente de que el programa de acción político y económico contra "Castro" -Cuba- debía ser más amplio y con una actuación más positiva y agresiva, otros planes fueron discutidos, ya con la presencia del Pentágono. Tal fue el caso del "Programa de Acción Encubierta contra el Régimen de Castro" preparado por la CIA y aprobado un día después, el 17 de marzo por el propio Presidente de EE.UU., aunque con la acotación de que "(…) El gran problema es la divulgación de la información secreta o la violación de la seguridad (…) y que todos deberían "(…) estar preparados para jurar que él nunca ha oído nada al respecto". El viejo axioma de la CIA de “la mentira necesaria” y la “negación creíble” (7) estaba en marcha contra Cuba revolucionaria.

Desde ese momento, las agencias especiales norteamericanas realizaron grandes esfuerzos para organizar, entrenar, financiar y armar a grupos de apátridas tanto en el interior como en el exterior de Cuba. Para ese fin, se utilizaron numerosos países como base de entrenamiento y subversión: República Dominicana, Guatemala, Nicaragua, Honduras (en las Islas Cisnes, se creó la emisora “Radio Swan” y en Santo Domingo, “La Voz de las Américas”) y, por supuesto, desde el propio territorio estadounidense, en especial, el Estado de la Florida. Además, se crearon, fomentaron y apoyaron grupos de bandidos contrarrevolucionarios alzados en los macizos montañosos de la Isla, agrupaciones "opositoras" y redes de agentes de la CIA para realizar sabotajes, actividades conspirativas, atentados y el envío de información necesaria, entre otras acciones subversivas contra el proceso revolucionario.

En el mes de junio de 1960, las percepciones norteamericanas acerca del proceso revolucionario cubano no daban márgenes a ambigüedades o análisis dubitativos. Cualesquiera que fueran las posiciones, más al centro, a la derecha o hacia el ala liberal, las conclusiones fueron las mismas, había que terminar con la Revolución Cubana y su ejemplo de redención e indisciplina contra el imperio. Cuba y su posición de principios eran tomados con perplejidad por los círculos de poder norteamericanos ante lo que parecía una ingenuidad redomada o un insulto calculado. Otra vez, el orgullo, la prepotencia desmedida y la subestimación hacían errar a la gran potencia frente a una pequeña Isla situada a menos de 180 kilómetros de su territorio.

En un discurso del 24 de junio de ese año, el Comandante en Jefe Fidel Castro señalaba meridianamente la coyuntura por la que atravesaba las relaciones entre Cuba y los EE.UU. En esa ocasión, exponía que lo que estaba en juego era la refinación o no del petróleo soviético; el pago o no de los impuestos a Cuba (el 25 %) de las compañías mineras de Moa y Nicaro y la ley de supresión de las cuotas azucareras a Cuba que se discutían en el Congreso del Imperio del Potomac. (8) La posición cubana fue cautelosa y muy firme desde el punto de vista diplomático, político y, por ende, económico. El 22 de febrero de 1960, el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba entrega una Nota, al Encargado de Negocios de Estados Unidos en La Habana, Dan Bradock, que expresaba en algunas de sus partes el deseo del Gobierno Cubano de reanudar por los canales diplomáticos las negociaciones ya iniciadas y nombrar una comisión con atribuciones al respecto, pero agregaba que estas no pueden estar supeditadas a que, por el gobierno o el Congreso de ese país, no se adopte medida alguna de carácter unilateral que prejuzgue o perjudique los resultados de las negociaciones en perjuicio a la economía del pueblo cubano.

A pesar del segundo intento cubano en ese año de evitar una confrontación abierta, el 2 de julio, el Senado autorizó al Presidente Eisenhower reducir la cuota cubana de azúcar. Y el 6 de julio, Eisenhower firmó la Enmienda a la Ley Azucarera aprobada por el Congreso, mediante la cual se reducía la cuota cubana en 700 mil toneladas y se eliminaba la cuota adicional de 156 mil toneladas por los déficit de Hawai y Puerto rico. De esta forma la asignación cubana para 1960 quedó reducida en 39 752 toneladas, cifra que, en realidad, resultaba irrisoria e insuficiente para el habitual envío del país antillano al vecino norteño. Esta medida conocida como” Ley Puñal” fue respondida por la “Ley Escudo” (Ley No. 851) que autorizaba al Presidente y el Primer Ministro de Cuba llevar a vías de efecto las nacionalizaciones. Este proceso de nacionalizaciones fue impresionante y perentorio. El golpe y contragolpe cubano fueron contundentes. Se aniquilaron de una vez y para siempre las ataduras neocoloniales de Cuba hacia los Estados Unidos. Cuba era libre, independiente y soberana como nunca antes en su historia. Y la contraofensiva norteamericana, continuando la línea lógica de su política hostil, fue la de la agresión militar a través de los mercenarios anticubanos que prepararon con tanto esmero y empeño la denominada “Operación Pluto”, que desencadenaría en la invasión mercenaria, con apoyo yanqui, por Playa Girón. El modelo de interrupción del proceso nacionalista guatemalteco de 1954, se tomó como ejemplo y enseñanza del arsenal de agresiones e intromisiones de los EE.UU. en los asuntos internos de los países latinoamericanos y caribeños. Solo que la Revolución Cubana rebasaba en mucho las lecciones y alcances de la Revolución guatemalteca. Ya la decisión de su destrucción resultó tardía. Quien mejor lo definió fue el Comandante Ernesto Che Guevara, en 1961, al expresar que “[...] Antes del triunfo, sospechaban de nosotros, pero no nos temían; más bien apostaban a dos barajas, con la experiencia que tienen para ese juego donde habitualmente no se pierde [...] Cuando quiso reaccionar el imperialismo, cuando se dio cuenta que el grupo de jóvenes inexpertos que paseaban en triunfo por las calles de La Habana, tenían una amplia conciencia de su deber político y una férrea decisión de cumplir con ese deber, ya era tarde”. (En, Ernesto Che Guevara Cuba. ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?, Obras Escogidas, Tomo II, Casa de las Américas, La Habana, 1967, p. 405).

La radical postura de los revolucionarios cubanos y de su vanguardia política no estuvo reñida con la flexibilidad y sagacidad política necesarias para proceder en la complicada situación, primero, de fortalecer a la Revolución y segundo, alejar al máximo los peligros de una intervención norteamericana en los momentos que su obra iba consolidándose. Con una aprobación popular interna masiva a los grandes cambios y un apoyo internacional importante, en primer lugar de la URSS y el campo socialista, por el eco provocado por sus transformaciones y su vertical actitud solidaria ante las luchas de los pueblos explotados y oprimidos, en especial los latinoamericanos y caribeños, la Revolución Cubana después de las grandes nacionalizaciones de 1960 estuvo en la posibilidad de aceptar el reto de la agresión yanqui.

El máximo líder de la Revolución lo expresó, estratégicamente, en 1979 de la siguiente manera: “Hasta el Primero de Enero el adversario indirecto era el imperialismo. Batista era el adversario directo. Después de enero el adversario directo fue directamente el imperialismo”. (Fidel Castro Ruz Discurso pronunciado en ocasión del XX Aniversario del Triunfo de la Revolución Cubana, en Ediciones OR, Trimestre Enero-Febrero-Marzo de 1979, Editora Política, La Habana, 1979, p. 11).

Un análisis que pretenda buscar y encontrar donde están las causas y consecuencias (o efectos) de la confrontación Revolución Cubana-EE.UU. se perderían en el entramado laberinto de las relaciones bilaterales e internacionales después de 1959. En ese “juego” de golpe y contragolpe es muy difícil hallar quien inicia el ataque y el contraataque. Si se quiere arribar a una conclusión realista en ese sentido, habría que partir que la Revolución Cubana es nacional-patriótica, revolucionaria, popular, agraria, anticapitalista, antiimperialista y socialista, solidaria, latinoamericanista e internacionalista, y tenía necesariamente que enfrentar y, por ende, romper las múltiples cadenas de dominación del neocolonialismo norteamericano. Ello, para cualquier observador político aguzado, debía traer como consecuencia la reacción del imperio, fueran cuales fueran las medidas tomadas. Pero mientras más radicales, la reacción iban a ser mayores y con un alto grado de desmesura, como ocurrió en el caso cubano.

Hoy al cabo de más de 40 años del triunfo y de aquel proceso podemos afirmar que la Revolución Cubana por sus raíces, su programa re-creado, transformaciones y carácter fue la causa principal de la enemistad sin límites del imperialismo yanqui. El rumbo socialista del proceso revolucionario no fue motivado por la agresión y hostilidad de EE.UU., sino a pesar de la existencia de esa política. Si en algo sirvió la actitud y posición intransigente de los gobernantes norteamericanos fue la de catalizar un proceso de reformas revolucionarias y medidas radicales que, instrumentadas en un inicio (recordar el Programa del Moncada) y desarrolladas posteriormente, en la propia dinámica de los cambios y, la lucha de clases interna y externa, conllevaron a un rumbo más acelerado en su implementación y renovación. Pero todo este proceso respondió, en “última instancia”, a un movimiento revolucionario endógeno, al que los factores exógenos le añadieron una dinámica más rápida.

La única alternativa para los círculos de poder de los Estados Unidos es que hubieran admitido, hasta sus últimas consecuencias, el proceso revolucionario cubano, sin crear un sisma en las relaciones bilaterales y, mucho menos, en las relaciones hemisféricas e internacionales. Pero esa respuesta, en aquellas circunstancias de Guerra Fría y enfrentamiento real o virtual contra el comunismo internacional (acaso la eterna confrontación entre el Norte Desarrollado y el Sur Subdesarrollado) fue la única lógica irracional (aunque racional para ellos) aplicable para los representantes del establishment norteño. A los gobernantes norteamericanos no les interesó distinguir nunca entre revolucionarios nacionalista-radicales o reformadores y los que eran “leales al comunismo y a Moscú” sino en atacar aquellos que defendieron los ideales e intereses nacionales autóctonos y, por ello optaron, por el apoyo a los individuos y grupos antinacionales y anticomunistas en los intentos de frenar y destruir el proyecto revolucionario cubano que socavaba la hegemonía y el dominio de EE.UU. en Cuba y en el hemisferio.

Un enfoque académico lo ofrece una politóloga norteamericana al expresar que, “[...] nuestra memoria selectiva no sólo sirve a un propósito, sino que también tiene repercusiones. Crea un abismo entre nosotros y los cubanos: compartimos un pasado, pero no tenemos percepciones compartidas.” (9) El grave problema de los Estados Unidos es que no pueden negociar su presunción hegemónica, pero tampoco pueden reconocer que no pueden negociar y, por eso mismo, se les puede obligar a negociar en coyunturas apropiadas. Por esto, lo principal es desafiar y resistir sus embates, robustecer las fortalezas y encontrar las posibilidades reales para defender y sobrevivir los retos de construir una Revolución a 90 millas de sus costas.

Los hombres no escapan a las circunstancias que lo rodean y que, en algunos casos, ellos ayudan a crear y después lo rebasan. Y el imperialismo y sus representantes, tal como lo describió V. I. Lenin, no pueden renunciar a sus preceptos políticos, económicos, sociales, comerciales, financieros y militares sino es a costa de perder su esencia expansionista, agresiva, explotadora, competitiva, parasitaria y agonizante.

Notas bibliográficas y referencias:

(1) Folletos de Divulgación Legislativa. Leyes del Gobierno Provisional de la Revolución., Tomos desde enero hasta diciembre de 1959, Editorial Lex, La Habana, 1959; Luis M. Buch Gobierno Revolucionario Cubano. Génesis y Primeros Pasos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999 y Luis M. Buch y Reynaldo Suárez Otros Pasos del Gobierno Revolucionario, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2002.

(2) Hubert Matos fue nombrado Jefe Militar de la Plaza de Camagüey. Allí desarrolló una labor conspiradora y escisionista en las filas del Ejército Rebelde, principalmente en la provincia agramontina. Creó una revista, Las Clavelinas y promocionó su figura para una Cuba contra Fidel y el comunismo. Fue la primera gran traición dentro de las filas revolucionarias al más alto nivel. La respuesta fue contundente, el propio Fidel Castro, así como Camilo Cienfuegos desbarataron ese movimiento, donde algunos compañeros revolucionarios fueron confundidos y, poco después, algunos de ellos volvieron a ser fieles representantes de los intereses de la Revolución. Hubert Matos fue sentenciado a 30 años de privación de libertad, cumpliendo su condena y luego marchó hacia los EE.UU. donde prosiguió su labor contrarrevolucionaria al servicio de la potencia imperial enemiga de Cuba. En, periódico Revolución, La Habana, nros. de octubre y noviembre de 1959.

(3) Los epítetos fueron más allá de estos términos, así se escribió que en Cuba había una “una masa sedienta de sangre”, y que se estaba desarrollando“un concepto extravagante de la justicia”, una “purga de sangre” y una “venganza”, etc. En, The New YorkTimes, 2 de febrero de 1959; New York Mirror, 7 de marzo de 1959; Journal-American, 18 de mayo de 1959; etc., En, Colectivo de autores cubanos De Eisenhower a Reagan, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987, p. 21.

(4) Se usaron otras denominaciones significativas: “Castro como la voz de Rusia en América Latina”; “Castro no da señales de que detendrá a los comunistas” y se utilizó una expresión, tan temprana como el 17 de abril de 1959, que iba a servir de estereotipo en la propaganda contra Cuba: “La Isla de Cuba está a noventa millas de Estados Unidos. Si se establece allí una cabeza de playa comunista existen buenas razones para una seria preocupación de nuestra parte”. En, Chicago Sun-Times, 17 de abril de 1959; Colectivo de autores cubanos De Eisenhower a Reagan, Ob. Cit., p. 23.

(5) Osvaldo Dorticós Torrado, Presidente de la República, en, Raúl Roa García “Cuba acusa”, Obra Revolucionaria, 18 de julio de 1960, La Habana, p. 42.

(6) Tomás Diez Acosta La Guerra Encubierta Contra Cuba, Editora Política, La Habana, 1997, pp. 11-15.

(7) Frances Stonor Saunder La CIA y la Guerra Fría Cultural, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003.

(8) Fidel Castro Ruz Discurso pronunciado “Ante la Prensa”, el 24 de junio de 1960, Versiones Taquigráficas del Consejo de Estado, Archivo del Instituto de Historia de Cuba.

(9) Nancy Mitchell Remember the Myth, News and Observer, Raleigh, 1 de November de 1998, G. 5; The Danger of dreams: German and American Imperialism in Latin America, Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1999.

Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba

07/11/2008 GMT 1

Transformaciones socioeconómicas y políticas revolucionarias III

polillabaez @ 02:58


Las transformaciones socioeconómicas y políticas revolucionarias en Cuba revolucionaria. 1959-1961 III Parte

Por Orlando Cruz Capote*

En el campo de las transformaciones económicas y sociales hubo una estrategia central: el cumplimiento en lo esencial del “Programa del Moncada”, o sea el problema de la tierra, la industrialización, la vivienda, el problema del desempleo, la educación y el de la salud del pueblo. (1) Entre 1959 y 1960 se promulgaron y se pusieron en ejecución un sinnúmero de medidas revolucionarias que trataron de solucionar en gran parte los problemas heredados por la Revolución. Describir un breve glosario de las más importantes medidas (2) nos permitirá deducir inmediatamente, un balance del impacto de las mismas en el seno de la población: rebaja de las tarifas telefónicas; reducción de los alquileres de las viviendas; rebaja de las tarifas eléctricas; rebaja de los precios de las medicinas; eliminación de las alzas de precios minoristas y mayoristas y su estabilización en el territorio nacional; regulación estatal de los precios de compra y venta de los artículos de primera necesidad para la población; supresión de la usura; aumento de los salarios nominales y reales; financiación estatal de los servicios sociales básicos, la salud pública, la educación, la seguridad y asistencia social y la construcción de viviendas, entre otras; incremento de las posibilidades de empleo en la ciudad y el campo; uso social y público de las playas privadas; eliminación de los juegos de azar en todo el país y erradicación de la Lotería Nacional; la lucha por erradicar la prostitución y otras lacras sociales; reorganización del sistema de seguridad social, estableciéndose el Seguro Social Obligatorio; lucha por erradicar la discriminación racial; rebaja de los precios de los libros de textos para la enseñanza Primaria, Secundaria y Profesional, en un 25 % y en un 35%; un programa que permitiera el crecimiento y estabilización del empleo, principalmente de los maestros y otros profesionales.

Las medidas de estatización de la economía y los servicios estuvieron complementadas, entre 1959 y 1960, por la actividad del Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados, entre otros, para lograr la confiscación de los bienes malversados antes del triunfo revolucionario y los de aquellos individuos que recurrieron a esa práctica saboteadora de la economía nacional y contra el proceso revolucionario Solo en los primeros 5 meses de 1959 fueron confiscadas 318 empresas constructoras. Durante 1959 hasta febrero de 1960 pasaron al Estado, 14 centrales azucareros; 12 162 caballerías de tierras. Por este concepto el Ministerio había estatalizado alrededor de 500 empresas de todo tipo y más de 400 millones de pesos. Ese papel confiscador también se le atribuyó legalmente al Ministerio del Trabajo y a otros organismos. Así, el 3 de marzo de 1959, el Ministerio de Comunicaciones intervino la “Cuban Telephone Co.”, y en ese propio mes se intervinieron, además, 3 refinerías (Refinería Cabaiguán S.A., Petróleo Jarahueca S.A. y Refinería Bacuranao S.A.) a cargo de la Comisión de Fomento Nacional. Poco después, entraron en ese proceso otras leyes e instituciones que nacionalizaron el petróleo, la Compañía de Ómnibus Aliados, la de Ómnibus Metropolitanos, y la Cuban Tobacco Co., etc. En ese propio primer año de la revolución fue aprobada la Ley No. 635 que anuló las concesiones petroleras realizadas por el régimen batistiano. Y se revisaron todas las concesiones mineras que se habían pactado con empresas extranjeras con el fin de que cumplieran sus compromisos y se logró que el Estado tuviera una participación del 50% sobre el valor de los minerales o concentrados de estos que se exportasen. Como consecuencia de la agudización de la lucha de clases interna y el enfrentamiento al imperialismo norteamericano en junio de 1959, el Gobierno Revolucionario ante las negativas de las refinerías norteamericanas de procesar el petróleo soviético, interviene estas empresas yanquis. (3)

Si algunas de estas medidas y decretos estuvieron dirigidas directamente a satisfacer las expectativas de bienestar social y económico de las clases más explotadas de la sociedad cubana, incluyendo algunos sectores pequeños burgueses (4) y los profesionales e intelectuales, contrarias a los intereses de los burgueses nacionales y extranjeros propietarios, las más significativas medidas revolucionarias entre 1959 y 1961, por su radicalismo y profundidad en cuanto a cambiar de raíz las estructuras capitalistas en la Isla, fueron siete, que detallaremos a continuación: primera, la Primera Ley de Reforma Agraria, firmada el 17 de mayo de 1959; segunda, el primer grupo de nacionalizaciones, el 6 de agosto de 1960 que afectó a empresas y bienes, propiedades de personas naturales o jurídicas de Estados Unidos, y que incluyó también las empresas en las cuales tuvieran intereses o participación mayoritaria; tercera, las nacionalizaciones, del 13 de octubre de 1960, en donde se expropiaron las empresas de la burguesía industrial cubana y el resto de las propiedades norteamericanas; cuarta, la promulgación de la Ley de Reforma Urbana, el 14 de octubre de 1960; quinta, la nacionalización, el 24 de octubre de 1960, del resto de las empresas norteamericanas que quedaban en la Isla; sexta, el desarrollo de la Campaña de Alfabetización en 1961 y, finalmente, la séptima, que consistió en la Nacionalización de la Enseñanza, el 6 de junio de 1961.

La aplicación de la Primera Ley de Reforma Agraria cambió radicalmente la estructura socioeconómica del campo cubano, al abolir-prohibir el latifundio, quebrando la columna central de una parte importante de la producción capitalista en el agro, en particular y en algunas de las esferas de la vida económica cubana, en general. Fue el inicio del fin del capitalismo en Cuba.

Por otra parte, en el segundo semestre de 1960, se inició el proceso de las grandes nacionalizaciones de todas las empresas, grandes y medianas, en manos del capital privado extranjero y cubano. En tal sentido, se aprobó la Ley 851, del 5 de julio de 1960, que concedía poderes al Presidente de la República y al Primer Ministro a disponer la nacionalización por la vía forzosa de las empresas y bienes- propiedad de personas naturales y jurídicas de los Estados Unidos- e incluía también las empresas en las cuales habían intereses o participación mayoritaria de norteamericanos. El 6 de agosto fueron nacionalizadas las principales compañías norteamericanos en Cuba mediante dos resoluciones, la segunda de las cuales abarcaba la banca estadounidense. Fueron nacionalizadas 36 centrales azucareros que aportaban el 36, 7 % de la producción nacional y empleaban el 35, 7 % de la fuerza de trabajo utilizada en la zafra. También fueron expropiadas la Esson Standard Oil, la Texaco Company, la West Indian y la Sinclair Cuba Oil, lo que ponían en manos del Estado cubano todas las refinerías del país, salvo las operadas por el capital británico. Los bancos norteamericanos nacionalizados fueron The First National City Bank, The First National Bank of Boston y The Chase Manhattan Bank, este ultimo del grupo Rockefeller. Inmediatamente, dos meses más tarde, se produce otro momento esencial en el camino de la socialización de los medios de producción, la promulgación de la Ley No. 890, del 13 de octubre de 1960, que decretó el paso a propiedad estatal de 383 empresas privadas.

Si las nacionalizaciones de agosto brindaban a la burguesía doméstica aún la posibilidad de mantenerse en el proceso nacional y patriótico, con una nación sin dependencia extranjera, las que se ejecutaron en octubre afectaron a la grande y mediana burguesía industrial y agraria local. Estos “nacionales” grupos burgueses a la hora decisiva de la batalla contra el imperialismo norteamericano desertaron de las filas patrióticas demostrando, una vez más, su conciencia antinacional, su antagonismo con los intereses de las masas populares y su dependencia económica, política y cultural con el Imperio Norteño. Finalmente, el 24 de octubre de 1960, mediante la Resolución No. 3, de la Ley 851, son nacionalizadas alrededor de 163 propiedades de las restantes empresas norteamericanas. La promulgación y ejecución de la Ley de Reforma Urbana, el 14 de octubre, expropió las viviendas de alquiler y liberó, gradualmente y en diversos plazos, del pago de renta por la habitación a una masa considerable familia. La amortización de la casa debía realizarse con lo que pagase por renta el ocupante de la casa en un período no menor de 5 años, ni mayor de 20 años. Esta medida constituyó un fuerte golpe para los propietarios privados -casatenientes- que se enriquecían con los alquileres.

Al unísono, una verdadera batalla educativa masiva se desarrolla desde finales de 1960, y durante todo el año 1961, la Campaña de la Alfabetización. Ya en 1959, el líder de la Revolución Fidel Castro, que anunció la promesa de que todos los cuarteles militares serán convertidos en escuelas, la cumplió en ese propio año y los primeros meses del siguiente. La Campaña de la Alfabetización llevada a cabo por el proceso revolucionario significaba una verdadera lucha cultural de masas, una revolución intelectual y moral para, con y por las masas que no solo implicaba el enseñar a leer y a escribir a los analfabetos y semianalfabetos existentes en la Isla, sino que trataba de involucrar en el proceso revolucionario de una manera consciente y más preparados a millones de trabajadores manuales, intelectuales y campesinos cubanos. (5) La acción retroalimentadora entre los alfabetizados y los alfabetizadores, la inmensa mayoría jóvenes estudiantes y obreros, aunque también hubo quienes eran amas de casa y jubilados, permitió fortalecer la unidad obrero-campesina y permitir una comprensión cabal del protagonismo de todo el pueblo en tan noble misión. Al ser alfabetizados todos los ciudadanos en menos de un año -la campaña culminó el 22 de diciembre de 1961- estos se encontraron en mejor condición de poseer y continuar adquiriendo una educación, cultura y una conciencia política superior para proseguir su preparación en la esfera productiva y económica. La nacionalización de la enseñanza, en 1961, culminó un proceso que permitiría a toda la población recibir la educación de manera gratuita, eliminando las escuelas privadas, incluyendo universidades católicas y laicas y que, además, separó la Iglesia de la enseñanza. Ello propició otro ángulo de la aguda lucha de clases en el seno de los centros de educación privados y otro choque inevitable con la Jerarquía de la Iglesia Católica, cuyos sacerdotes en su mayoría eran de procedencia española, muy conservadores.

Con todo este cúmulo de transformaciones socioeconómicas, políticas y culturales se cumplía, esencialmente, con el Programa del Moncada. Los cambios en la esfera económica-social ejercieron un efecto sustantivo con respecto a los que se produjeron en la superestructura ideopolítica pero estos, a su vez, con su independencia relativa fueron causales, en muchos momentos, de los cambios que se operaron en la estructura o base económica. Estaban creadas las bases centrales para iniciar el verdadero desarrollo del país. La propiedad de los medios de producción fundamentales en manos del Estado revolucionario permitió no sólo el crecimiento económico sino el paso paulatino de la superación del subdesarrollo y, más que todo, una redistribución más equitativa de las riquezas materiales de la nación. Era el momento de crear una economía, nunca divorciada de lo social ni de lo político, diversificada, armónica y complementaria, justa y equilibrada.

En este sentido la superación de los sentimientos y razonamientos anticomunistas arraigados en el seno de la sociedad cubana fueron parcialmente eliminados en breve tiempo, gracias a la fuerte confrontación clasista interna, la labor concientizadora de la vanguardia política, la ya mencionada hostilidad yanqui y el apoyo irrestricto del campo socialista y, en primer lugar, de la Unión Soviética. La realidad y la práctica superó los viejos prejuicios, ideologías y sentimientos al uso. Por lo tanto, estos factores exógenos jugaron un papel dinámico sobre la lucha de clases en la Cuba revolucionaria y, fueron catalizadores de la profundización de los cambios y la conciencia política de los protagonistas de la misma.

Pero lo subjetivo, como rasgo singular de la Revolución Cubana, continuó desempeñando un rol muy importante y, en muchas ocasiones, definitorio sobre el rumbo del proceso inaugurado el Primero de Enero de 1959. Y si en los inicios, como posteriormente, le correspondió a la vanguardia política y a los miembros más concientizados de la sociedad llevar adelante el programa re-creado de la Revolución, en cierto momento de ese decursar histórico el sujeto popular pasó de ser un objeto-sujeto pasivo en los cambios y comenzó a transformarse en un sujeto activo, crítico-participativo en las grandes decisiones. Y no solo aquellos hombres y mujeres que habían luchado de una manera u otra, tanto en la Sierra como en el Llano, sino los nuevos artífices: los jóvenes y otros ciudadanos de cualquier edad que se habían sumado al proceso y que con mayor fuerza, a partir de la Victoria de Playa Girón, se convirtieron en sujetos muy dinámicos que le impusieron una impronta al proceso revolucionario. El gran viraje favorable de y en las mentes de los cubanos de esa época, a la Revolución Socialista y de Liberación Nacional fue una de las singularidades del proceso revolucionario cubano.

En los tres primeros años, hasta 1961, la Revolución Cubana había resuelto, en esencia y siempre con cierta relatividad, cuatro problemas básicos para cualquier proceso revolucionario auténtico y genuino. 1) La cuestión de clase y el sujeto popular, enlazada a la eliminación de la explotación de las masas populares y a la conducción del proceso por la hegemonía política (no física) de la clase obrera, conjuntamente en estrecha alianza con el campesinado trabajador, pero a quienes se les unió, los estudiantes y la pequeña burguesía radicalizada, además de otros segmentos y estratos de la población; 2) La cuestión nacional, referida a la eliminación de la dominación imperialista y a la redefinición de las nuevas modalidades de articulación en la economía y en el sistema político internacionales, teniendo un peso esencial, las relaciones establecidas con la URSS y el campo socialista; 3) La cuestión del desarrollo, es decir la superación paulatina del atraso económico y social, la diversificación de la economía, la expansión de las fuerzas productivas y la planificación y ordenamiento de la estructura productiva; 4) La cuestión democrática, o sea el desmantelamiento o destrucción del Estado que garantizaba la explotación de clase, el atraso económico y la subordinación- dependencia a la dominación imperialista; 5) La cuestión cultural, que abarca la instrucción, la educación, pero rebasando lo artístico-literario, que debía comenzar a transformar de forma paulatina las mentalidades (coloniales y neocoloniales) en la sociedad cubana, abriendo espacios para la aparición de un Hombre Nuevo, como en lo enunciara, el Comandante Ernesto Che Guevara, para la construcción y el desarrollo del socialismo en Cuba.

Y todo ello lo había realizado, una misma dirección de vanguardia política que dirigió todas las fases de la Revolución hasta su proclamación socialista. El carácter democrático-revolucionario de la primera etapa que en Cuba se denominó, teóricamente, como agraria, popular, antiimperialista y democrática, fue conducido por el liderazgo revolucionario que supo conjugar todos los factores a resolver -los cinco enunciados anteriormente- conociendo que la fractura de solo uno de ellos ponía en peligro el proceso revolucionario. (6) Esa vanguardia comprendió que cuando se realizaba una dicotomía clasista de la sociedad cubana, la misma no podía simplificarse a la vieja forma de burguesía vs. proletariado, pues estaba en juego el enfrentamiento nación contra el imperialismo, por lo que la amplitud del campo popular resultaba decisorio en la suerte del proceso por lograr la independencia y soberanía nacional como atributo o corolario de la emancipación social. Y esa liberación social solo era posible en un sistema democrático popular, participativo y directo, porque no se trataba de alcanzar la liberación nacional para luego abrir paso al socialismo, sino de abrir paso a éste para, consecuentemente, alcanzar la liberación nacional.

El enfrentamiento fue concebido acertadamente, tenía que desarrollarse entre la clase dominada contra la clase dominante, entre la nación y el imperialismo, todo ello determinado por el pensamiento y la acción de la vanguardia política desde que enunció el concepto de pueblo en “La Historia me Absolverá” (1953) y que supo precisar que las clases se constituyen como sujetos colectivos de acción social en el terreno político-ideológico, realizándolo en un proceso que no solo es la toma de conciencia y rechazo de la explotación económica, sino también de vivencia y repudio de su opresión política. La construcción de un Estado-Nación-Soberano-Popular y, finalmente, Socialista, era la única forma posible de llevar adelante y hasta sus últimas consecuencias el proceso revolucionario nacional liberador y social cubano.

Notas bibliográficas y referencias:

(1) Fidel Castro Ruz La Historia me Absolverá. Edición Anotada, Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1993.

(2) Todas las medidas que vamos a resumir están avaladas por leyes que se aprobaron y se pueden apreciar en, Folletos de Divulgación Legislativa, Editorial Lex, La Habana, Año 1959 y 1960; también en, José Luis Rodríguez Dos ensayos sobre la economía cubana, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984; José Acosta Cuba: de la Neocolonia a la construcción del socialismo (I), en Revista Economía Y Desarrollo, No. 19, La Habana, 1973; José Luis Rodríguez y George Carriazo Erradicación de la pobreza en Cuba, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1987.

(3) En esta intervención de las refinerías norteamericanas tuvo un papel fundamental el control obrero, ejercido por los propios trabajadores y sus sindicatos, que advirtieron el Gobierno Revolucionario de que las existencias de petróleo en Cuba eran mínimas y, si no se tomaban medidas inmediatas, el país se paralizaría por falta de combustible.

(4) Los medianos y pequeños industriales, así como algunos terratenientes (azucareros, ganaderos y arroceros) tuvieron su última oportunidad histórica de sumarse al proceso de transformaciones pues el Gobierno Revolucionario llamó a estos grupos y sectores a producir y ganar el mercado nacional. Hecho que se demuestra en dos consignas de aquellos años: “Consuma Productos Cubanos” y “Consumir lo que el país produce es hacer Patria”. Sin embargo, estos grupos desestimaron la opción nacional y se opusieron de diversas formas contra el proceso revolucionario.

(5) Una revisión de los contenidos de los Manuales de Alfabetización que llevaron los jóvenes alfabetizadores brinda una idea clara de que se trataba no solo de alfabetizar educativamente a los que no podían leer y escribir, sino de una labor educativa política e ideológica para llevar el mensaje de la Revolución, la Patria y la nación cubana. Se trató de concientizar a todos los participantes.

(6) Este enunciado aparece en la Plataforma Programática aprobada en el 1er Congreso del PCC, celebrado en 1975. La segunda etapa, según el documento, comenzó a partir de la proclamación del socialismo, el 16 de abril de 1961. Esta división la asumimos críticamente porque comprendemos que no fue realmente de esta forma tan esquemática. En la denominada segunda etapa estuvieron presentes los mismos elementos de la primera, y el socialismo se fue construyendo en Cuba desde el propio primero de enero de 1959, por lo que la dialéctica del documento se vio afectada por el marxismo-leninismo de esa época, que intentaba hallar similitudes con la historia del socialismo en la URSS y otros países de Europa Oriental.

* Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba

06/11/2008 GMT 1

Transformaciones socioeconómicas y políticas revolucionarias II

polillabaez @ 05:16

 

Las transformaciones socioeconómicas y políticas revolucionarias en Cuba revolucionaria. 1959-1961. II Parte
Por  Orlando Cruz Capote

Muchas otras transformaciones en el terreno político se sucedieron en esos tres primeros años -1959-1961- de Revolución. La demolición del viejo Estado burgués debía ser acompañada de la construcción de un Estado-Nación Soberano y Popular. En este sentido pueden mencionarse la aparición de nuevos ministerios y organismos así como de instituciones que coadyuvaron en la labor de impulsar los grandes cambios, entre ellos, el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados, el Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA), el Ministerio de Bienestar Social,  el Instituto Nacional de Ahorro y viviendas (INAV), el Departamento Industrial del INRA, luego Ministerio de Industrias,  el  Banco de Seguros Sociales, el Instituto Cubano del Petróleo, la Oficina de Fomento Marítimo, el Instituto Nacional de la Industria Turística, el Banco de Comercio Exterior, y la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), entre 1959 y 1960. En el propio año de 1961, se fundan además, el Consejo Nacional de Cultura, el Ministerio de Comercio Exterior, el Ministerio de Comercio Interior, el Ministerio de Transportes, el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER),  etc. Todas estas nuevas instituciones y ministerios se complementaron y coordinaron, en lo posible, los planes de desarrollo de la Isla. Algunos de los viejos ministerios fueron reestructurados y otros fueron eliminados (tal fue el caso del Ministerio de la Agricultura que fue absorbido por el INRA), todo con el fin de lograr una dirección económica eficiente y que respondiera a las expectativas de bienestar económico y social que el pueblo esperaba de la Revolución.

Pero, conjuntamente a estos cambios profundos en la superestructura política, que implicaron la creación de mecanismos para llevar adelante las políticas socioeconómicas en curso, el Gobierno Revolucionario se dio a la tarea de organizar, concientizar y preparar a las masas populares en las labores de construir un nuevo tipo de democracia y hacerlas participativas en las labores económicas y sociales, además de incorporarlas a la actividad la política, la cultura y la defensa del país. Los años, desde 1959 hasta 1961, van a ser testigos de la construcción de una gran red de instituciones y organizaciones políticas, de masas y sociales, incluyendo las de los profesionales, que van a conformar la nueva sociedad civil y política cubana. Este fenómeno de carácter original  permitió  el trabajo de concientización política activa a través del protagonismo del sujeto popular y la ampliación de la democracia participativa y directa del pueblo trabajador en apoyo de la Revolución Cubana en aquellos difíciles dos años.

Un ejemplo de ello, es que las Alcaldías y Concejales en las provincias y municipios fueron sustituidas por los Comisionados, tres en un inicio y posteriormente uno, que constituyeron la primera experiencia de gobierno popular. Estos dirigentes nombrados por las autoridades en los primeros meses del proceso revolucionario impulsaron, junto al Jefe de la Plaza Militar -casi siempre un Comandante o alto oficial del Ejército Rebelde-, el Delegado del Instituto Nacional de la Reforma Agraria en cada instancia, así como las casas del Movimiento 26 de Julio, las del Partido Socialista Popular y del Directorio Revolucionario 13 de Marzo, las principales medidas revolucionarias que emanaban desde la nación, muy centralizadamente. Sin convertirse en una  forma estructural y funcional perfecta, tales comisionados cumplieron el objetivo básico de representar, hasta cierto punto, las necesidades de los ciudadanos de sus localidades, pero estuvieron impregnados de cierta inestabilidad en sus cuadros -carencias y deficiencias educativa-formativas de los mismos-, de un estilo de trabajo que se denominó “guerrillerismo” administrativo que, en muchas ocasiones, provocó que sus prácticas chocaran entre si, produciéndose roces, órdenes y contraordenes que ocasionaron fricciones en sus direcciones políticas, no exentas tampoco de sectarismos, remanentes del politiquerismo burgués, abandono de las filas revolucionarias y contradicciones con las normativas de los organismos e instituciones centrales del Estado. Todo un proceso normal de aprendizaje en la novel Revolución, en el que el pueblo fue muy exigente para con sus dirigentes de base. Esta forma de poder popular comenzó a ser sustituida en 1962, por las Juntas de Coordinación, Ejecución e Inspección (JUCEI).

Algunas organizaciones fueron paradigmáticas y sirvieron de referentes históricos para otras naciones, aunque nunca para ser copiadas o calcadas. Tales fueron los ejemplos de la creación de las Milicias Nacionales Revolucionarias (1959), la Central de Trabajadores de Cuba (1959), los Comités de Defensa de la Revolución (1960), la Federación de Mujeres Cubanas (1960), la Asociación de Jóvenes Rebeldes (1960), la Unión de Pioneros de Cuba (1961), la Unión de Jóvenes Comunistas (1962), y, finalmente, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (1961). También surgieron otras, de las cuales señalaremos al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (1959), la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (1960),  la Casa de las Américas (1960), el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (1960), el Movimiento Cubano por la Paz y la Soberanía de los Pueblos (1960), etc.

Por otra parte, la unidad que se había ido forjando en el seno de las organizaciones políticas, de masas y sociales, fue fortalecida e impulsada por el esfuerzo unitario de las principales fuerzas revolucionarias, el MR 26 de Julio, Partido Socialista Popular y el DR 13 de Marzo. En específico, las direcciones políticas de todas estas organizaciones,  desde mediados de 1959, primero los líderes del MR 26 de Julio y el PSP y, más tarde el DR 13 de Marzo, sostuvieron una serie de reuniones con el fin de crear una sola organización de vanguardia que dirigiera la Revolución y su proceso de transformación socioeconómico y político. Sin embargo, este proceso no puede considerarse un Paseo de  Riviera, si  se  tiene  en cuenta, que en  el seno de  las  tres organizaciones  existían grupos y elementos que tenían proyecciones diferentes  acerca de los espacios políticos a ocupar,  de los ritmos de  los posibles  cambios, de la posición a asumir frente a los EE.UU., e ideas diversas sobre las propias transformaciones a desarrollar. Fue necesario superar estos obstáculos a través de un trabajo persuasivo en las bases y en los niveles de dirección altos e intermedios, esencialmente, tratando de eliminar los recelos, los ánimos y actitudes sectaristas, los prejuicios anticomunistas y la idea de que una sola de esas organizaciones era capaz de asumir el papel de vanguardia política en el proceso revolucionario.

Las principales personalidades revolucionarias y sus seguidores más conscientes, en el intrincado camino de lograr la unidad acelerada del pueblo hicieron un máximo esfuerzo de sacrificio, sentido del deber y altruismo revolucionario patriótico y humanista. Ello en parte debido a la aguda lucha de clases interna y la hostilidad de los EE.UU. que permitieron, junto a la claridad y voluntad política de los dirigentes, percatarse que la división y la escisión podían dar al traste con el proceso revolucionario y, por lo tanto, permitir que las autoridades estadounidenses, con sus redes contrarrevolucionarias interiores y exteriores, provocaran el roll back de la Revolución Cubana.

Para este autor, el proceso de unidad se propició entonces en tres niveles fundamentales y en una interrelación difícil de separar: 1) En las direcciones de las organizaciones, donde el Comandante en Jefe Fidel Castro desempeñó el rol principal de catalizador de la unidad a través de su predica y práctica revolucionaria; 2) En los miembros de filas, donde los militantes de base habían forjado en la lucha antidictatorial lazos inquebrantables de solidaridad y fraternidad combativas en el fragor de las batallas, las  prisiones y las torturas  y; 3) En el propio seno del pueblo, quien en la vorágine del batallar diario contra el enemigo externo e interno había consolidado su unión en estrecha acción retroalimentadora con su dirección política, fundamentalmente, el compañero Fidel Castro.

Por eso, cuando aún no estaban consolidadas las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y su dirección nacional (entre 1960-1961 ya tienen su estructura y funcionamiento establecidos), en el seno de las organizaciones de masas y sociales y, en específico, en las Milicias Nacionales Revolucionarias, la AJR, los CDR y la FMC, esa unidad se hizo más tangible porque el sujeto popular, tanto el perteneciente a las generaciones que habían luchado con las armas en las manos, como aquellas que se habían incorporado luego del triunfo, reconocieron a los de más méritos y capaces para guiarlos en la organización, la preparación político-ideológica y en la labor educativa y cultural.

La capacidad de dirigir, conducir, convocar, movilizar, unida a la de organizar y concientizar al pueblo, por parte de la vanguardia política, enriquecida con nuevas figuras y sectores del pueblo, dio lugar que la polarización de la población fuera radical y que separara en dos grupos -no exentos de posibilidades de diálogos y rectificaciones-, los que del lado de la Revolución y, por lo tanto, a favor de una Patria libre, independiente y soberana, y con las clases, los grupos, sectores, estratos y segmentos sociales más explotados y oprimidos brindaron un consenso mayoritario a estas fuerzas revolucionarias de vanguardia; y del otro grupo, siendo minoritarios, los grandes burgueses, los medianos y los pequeños burgueses, no solo  por su  pertenencia  de clase  sino  por su mentalidad colonizada en el orden ideopolítico y cultural, más  algunos desclasados junto a los “sietemesinos”,  sin  importar  su  origen social, que se fueron perfilando como elementos antipatriotas, pronorteamericanos, contrarrevolucionarios y, por lo tanto, capaces de llegar al límite inadmisible de la traición al propiciar y permitir la intervención de los norteamericanos para solucionar los problemas de su patria.

La hegemonía de las fuerzas revolucionarias que representaron los intereses de los oprimidos y los explotados y que brindaba la gran oportunidad de una Cuba digna, libre e independiente fue asumida y ratificada por las grandes masas de obreros, campesinos, trabajadores manuales e intelectuales, los estudiantes y un destacado grupo de la pequeña burguesía radicalizada. Este respaldo a la Revolución se debió a  los logros alcanzados en esos años que se materializó, en todas las esferas de la vida social y tuvo la participación democrática activa del pueblo en la toma de decisiones, como en la solución de muchos de los problemas en el ámbito nacional. También esa democracia popular participativa, informal pero de alto contenido ideopolítico, se percibió las grandes concentraciones populares en la Plaza Cívica (luego Plaza de la Revolución) en la capital de la República y, las que se realizaban en otras localidades del país, desempeñaron un rol importante en la discusión de importantes ideas, documentos y resoluciones de interés nacional e internacional. Es necesario destacar en la nueva democracia revolucionaria cubana, la participación masiva del pueblo en la defensa del país. Y una Revolución en un pequeño país, solo puede sobrevivir si sus ciudadanos organizados, con una preparación adecuada y con las armas en sus manos están dispuestos a resistir y rechazar una agresión militar de la mayor potencia imperialista mundial a solo 90 millas de sus costas.

En la orientación y esclarecimiento del rumbo anticapitalista que había tomado la Revolución Cubana, aparte de los innumerables discursos, entrevistas, alocuciones por televisión y radio de Fidel Castro -verdaderas clases de pedagogía revolucionaria- (1) y otros dirigentes, dirigidas a toda la nación, el liderazgo revolucionario en su conjunto decidió dar algunos pasos trascendentales en la formación de una nueva conciencia en las masas populares. Así se inaugura, el programa televisivo “Universidad Popular”, el 20 de marzo de 1960. (2)  El 2 de diciembre de ese propio año son fundadas las Escuelas de Instrucción Revolucionarias (EIR), y el dos de enero de 1961, inician sus cursos las EIR provinciales y la Escuela Nacional de Instrucción Revolucionaria “Ñico López”.

En ese proceso de unidad y la formación definitiva de la vanguardia política de la Revolución Cubana, tuvo un momento trascendental el 24 de junio de 1961, cuando se efectuó un Pleno del Comité Nacional del PSP, (3) en el cual participaron también los máximos dirigentes del MR 26 de Julio y el DR 13 de Marzo, llegándose a tomar una resolución de constituir, por unanimidad, el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC). (4)  El 26 de Julio de 1961, el Comandante en Jefe Fidel Castro en el acto central por la efeméride de los asaltos al Cuartel Moncada y al Carlos Manuel de Céspedes, explicó que desde hacía algún tiempo se gestaba la unificación de las fuerzas revolucionarias en una sola organización, lo cual era necesario para la Revolución en su fortalecimiento ideológico, disciplinario y organizativo y, además, una urgencia para llevar adelante la construcción del socialismo en Cuba. Como colofón, el 1ro de diciembre de ese año, Fidel Castro acudió al programa “Universidad Popular”, desarrollando el tema “El Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba” y expone algunas ideas básicas acerca la unidad ideológica, política y teórica que necesitaba la Revolución y su Partido de vanguardia para llevar adelante el proceso revolucionario, de la  unidad imprescindible en el seno del pueblo y del sujeto popular con la  organización política. Resalta su formación marxista-leninista y enfatiza que el Programa del PURSC era y tenía que ser sobre la teoría y la práctica del marxismo-leninismo. Años después, en el XX Aniversario de la Victoria de Playa Girón, el 19 de abril de 1981 Fidel Castro afirmó la idea de que el 16 de abril, cuando se proclamó el carácter socialista de la Revolución Cubana, quedó forjado la organización de la vanguardia política y, por ende, se  considera esa fecha  como la de la fundación del actual Partido Comunista de Cuba. La Revolución había creado el Partido de vanguardia y ello constituyó una singularidad del proceso cubano.

Notas bibliográficas y referencias

(1)   Hemos calculado que en los tres primeros años del triunfo revolucionario (1959-1961) Fidel Castro hizo el uso de la palabra más de dos mil  veces, en actos públicos, asambleas de ministerios, organizaciones, organismos e instituciones, reuniones de obreros y otros sectores, entrevistas a la prensa nacional y extranjera, editoriales por el redactados, etc. Su medio de comunicación favorito y más efectivo fue la televisión, así como los discursos en las grandes concentraciones populares.

(2)   El primer ciclo de conferencias de esta “Universidad Popular” trató sobre la “Liberación Económica de Cuba”, y el primer concurrente fue el Comandante Ernesto Che Guevara, Presidente del Banco Nacional de Cuba.

(3)   Fabio Grobart El proceso de formación del Partido Comunista de Cuba, en Trabajos Escogidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, pp. 231-250. 

(4)   En dicha reunión, Blas Roca afirmó que Fidel Castro es ya el más alto dirigente socialista y obrero cubano y que, los viejos militantes del socialismo en Cuba,  proclamaban la dirección de éste, por la confianza con que conducirá a todos y se desarrollará más aún, como un dirigente marxista-leninista capaz y fuerte no solo en la práctica sino también la teoría, fuerte no solo en la política sino en la organización del Partido.

(5)   En mayo de 1963, las ORI  pasaron a llamarse definitivamente Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba. Finalmente, entre el 30 de septiembre  y el 3 de octubre de 1965,  se celebraron importantes reuniones de la dirección del PURSC, en las que estuvieron presentes los Buroes Provinciales y los Secretarios Generales de los Comités Regionales del Partido y dirigentes de las administraciones provinciales del Partido y, el 3 de octubre, en el Teatro “Carlos Marx” (“Blanquita” entonces) se presentó al Comité Central y la organización pasó a llamarse Partido Comunista de Cuba.

 

Dr. Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar, Instituto de Filosofía, Cuba

 

I Parte:

http://cubacoraje.blogspot.com/2008/11/transformaciones-socioeconmicas-y.html