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El Blog de la Polilla Cubana
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Categoría: America Latina

15/03/2010 GMT 1

Joseph Chatoyer: el Primer Héroe Nacional de San Vicente y las Granadinas

polillabaez @ 01:34

Por Felipe de J. Pérez Cruz  

 

chatoyer.gifLa historia del Caribe –afirmó con certeza Juan  Bosch-, es la historia de las luchas de los imperios contra los pueblos de la región para arrebatarles sus ricas tierras; es también la historia de las luchas de los imperios, unos contra otros, para arrebatarse porciones de lo que cada uno de ellos había conquistado; y es por último la historia de los pueblos del Caribe para libertarse de sus amos imperiales.  Y la historia de Joseph Chatoyer y del pueblo garinagu, hoy más conocido como garífuna[1], se inserta con dramática fuerza en esa ecuación de fuerzas en combate  definida por el  profesor Bosch. Joseph Chatoyer encarna la resistencia de los llamados caribes negros, a la colonización británica, y su historia es compartida desde San Vicente y las Granadinas en el Sureste del Mar Caribe,  por toda la nación garífuna que se extiende por el arco del Caribe centroamericano.  En momentos que conmemoramos el bicentenario del movimiento independentista de Nuestra América, que precisamente se inició en el Caribe insular a partir de 1790, con la Revolución de Haití, resulta necesario rescatar la historia de un pueblo que durante más de un siglo, mantuvo una constante lucha por su territorio y cultura. Los caribes negros Los caribe kalium o caliponan, procedentes del territorio continental sudamericano, invadieron San Vicente y  conquistaron a sus más primitivos habitantes, los arawak o arahuacos, trasladados también desde la América del Sur, en sucesivas migraciones que se remontan a los primeros años del pasado milenio[2]. Este pueblo  nacido de las tradiciones caribes y arahuacas, protagonizó una sistemática resistencia a la expansión de los colonialistas europeos por el Caribe, que los denominaron caribes-rojos.  En 1635 dos buques españoles que llevaban esclavos africanos, naufragaron frente a la isla de San Vicente. Los caribes rojos intentaron dominar a los recién llegados; pero los africanos se resistieron, y logrando huir a las serranías nororientales, donde fundaron comunidades. No todo fue hostilidad y guerra entre africanos y  caliponan,  con el paso de los años aprendieron a convivir, intercambiaron experiencias culturales y realizaron matrimonios mixtos.  Fue muy rápida la asimilación de los africanos del nuevo medio geográfico y de la cultura caribe.  Nació así la nueva etnia y cultura de los garinagu, donde prevalecieron los rasgos físicos de los padres africanos, en medio de un robusto proceso de transculturación. Los europeos, testigos sorprendidos de aquella nueva e inédita floración étnico- cultural, los llamaron caribes negros. La conquista de Barbados y Santa Lucia a mediados del Siglo XVII[3]; trajo como consecuencia, la migración  a San Vicente (a tan solo a 28 millas de Barbados) de indígenas y negros esclavos rebeldes, por lo que la población de San Vicente se fortaleció notablemente, y fue apreciada por los colonialistas, como un importante obstáculo para sus planes de continuar colonizando las islas.    La población garinagu siguió creciendo y desarrollándose, y ya al finalizar el Siglo XVII,  se produjo un cambio sustantivo en la correlación de fuerzas dentro de San Vicente. La sociedad garinagu se había convertido en un pueblo, con capacidad para disputar el territorio de la isla, y de hecho obligan a los caliponan,  a moverse hacia la parte Oeste de la isla. Ya al finalizar el siglo los  garinagu habían tomado posesión de la parte noroeste.  Cuando la noticia acerca de las disputas entre ambos grupos de pobladores de San Vicente, llegaron a Francia, el gobierno francés calculó que esa era una buena oportunidad para apoderase de la isla.  En esas circunstancias, los franceses en alianza con los caliponan intentaron afianzar la colonización, y en 1719, envían cerca de 500 soldados. Los garinagu evadieron la captura retirándose a las montañas, para descender de estas en las noches, y atacar a los franceses, practicando lo que hoy conocemos como  guerra de guerrillas. Esta forma de hacer la guerra resultaba nueva para los colonos europeos, y los lleva a la derrota. Durante esos años, una y otra vez los franceses recibieron el rechazo de los garinagu, que defendían sus tierras de cualquier tipo de colonización europea. Finalmente los colonialistas franceses se convencieron de que no podían reducir al pueblo garinagu, y optaron por tratar de establecer lazos de comunicación y coexistencia con ellos. En esas circunstancias, los  colonos franceses comenzaron a producir café, tabaco, añil, maíz y azúcar en plantaciones cultivadas por esclavos africanos. La resistencia de Joseph Chatoyer En 1772 se produce el primer asentamiento inglés en San Vicente con el manifiesto interés de esa potencia europea, de consolidar su presencia caribeña, y de inmediato comienza la resistencia de los habitantes de la isla  a la ocupación de sus tierras. En 1763 es firmado el Tratado de París, y las islas de San Vicente y Dominica son apropiadas formalmente por los ingleses. Ese mismo año comienzan a llegar a la isla colonos ingleses para desarrollar plantaciones de caña de azúcar, pero este propósito es frenado por la insurgencia indígena. El líder de la resistencia fue  Joseph Chatoyer, el cacique principal garífuna.  Cuentan que el cacique Chatoyer, informado de que la isla había pasado a ser posesión del Rey inglés, preguntó con completo desprecio: “¿Qué Rey?”, con lo que marcó la postura beligerante de su pueblo frente a los colonizadores. Ante al imposibilidad de vencer a las fuerzas de Chatoyer, los británicos se ven obligados por primera vez en su historia, a firmar un acuerdo con una población indígena en las Américas.  El apoyo de Francia a la independencia de las Trece colonias inglesas de Norteamérica, permite a los pobladores de San Vicente, entre 1779 y 1783, recuperan el control de la isla, con la colaboración de los franceses. Pero un nuevo tratado de reparto colonial entre las potencias europeas (París, 1783) ratifica la adjudicación de San Vicente a los ingleses. Estos regresan, invaden la isla con una numerosa tropa mandada por el general Sir Ralph Abercromby, y se extiende la guerra. Joseph Chatoyer, dirige la resistencia contra los invasores, en alianza con un grupo de franceses inspirados en los ideales de la Revolución que sacudía a ese país europeo.  El 14 de marzo de  1795 cae asesinado en una emboscada[4].  monumento-a-chatoyer.jpgLos ingleses después de la muerte de Chatoyer  arrecian su ofensiva y aplican una criminal política de “tierra arrasada, queman los pueblos, las canoas y destruyen las siembras. La guerra termina en 1796, con la derrota de los caribes negros. Aunque derrotados, los ingleses temen a los garinagu y empiezan a discutir la forma de deshacerse de estos. Primero los reconcentran y confinan a la isla de Belliceaux, donde las pésimas condiciones de vida y la fiebre amarilla, hacen que mueran más de 2400, la mayoría  niños y mujeres. No quedó claro si además, fueron envenenados por sus carceleros ingleses.  El 15 de Julio 1796 los ingleses expulsan a los garinagu de su territorio. El 12 de abril de 1797, 2080 hombres, mujeres, y niños garinagu son desembarcados en el destino final decidido por los ingleses, la isla Roatán, frente a la costa actual de Honduras.  En tiempos de Bicentenario No estaban los garinagu dispuestos a aceptar la suerte que para ellos había planificado el imperio inglés. El 17 de mayo de 1797, los caribes negros se trasladan a tierra firme, arriban a Trujillo donde fundan dos comunidades: Garibalu (Caribal) al este y Cristalu  (Cristales) al oeste.  Por su experiencia militar, los españoles los incorporaron a la milicia. Luego se extenderían por las costas del Caribe Centroamericano, Honduras, Guatemala y Belice. garifunasdehonduras.jpgHoy la cultura garífuna se mantiene con toda fuerza. Se caracteriza por su énfasis en la música, el baile y la historia. Tienen su propia religión, que consiste en una mezcla de catolicismo, africanismos y creencias indígenas. El legado indígena en el modo de vida y la lengua resultan evidentes. La presencia aborigen está en su forma de cultivo, la preparación de casabe, pasión por el mar y la pesca, la forma en que dividen las labores, sus velorios, el uso de maracas en danzas festivas, y la fe en el buyei como curandero o consejero. Por otra parte en la lengua garífuna, aunque hay préstamos del bantú, español, miskito, inglés y francés, el tronco arawak resulta central.  La riqueza cultural del pueblo garífuna recibió el reconocimiento de la UNESCO en el año 2001, como "obra maestra del legado oral e intangible de la humanidad", y  se incluyó en la lista del Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.  El 14 de marzo del 2002, el gobierno y pueblo de San Vicente y las Granadinas, en búsqueda y encuentro con su identidad histórica, declaró a Joseph Chatoyer,  Primer Héroe Nacional del país. Esta nación caribeña, es uno de los países que se ha integrado a la Alianza  Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA- TCP), como manifestación concreta del crecimiento y fortalecimiento de este proyecto  de independencia económica y político cultural que avanza en la región. La recuperación de la figura histórica de Joseph Chatoyer, y su resistencia armada durante casi tres décadas a la ocupación inglesa[5], resulta hoy un importante aporte, al esfuerzo de rescate de la memoria de nuestros pueblos, que se realiza bajo el impulso de la plataforma internacionalista del ALBA-TCP.  La V Cumbre del ALBA – TCP celebrada en Cumaná durante los días 16 y 17 de abril de 2009, acordó crear la Comisión del Grupo ALBA para la conmemoración del Bicentenario del Inicio de la Revolución de Independencia  en Nuestra América. En enero en La Habana esta voluntad se concretó en un grupo de tareas que deben articularse como programa en la próxima Cumbre de abril de este año en Caracas. A tales esfuerzos, desde el Caribe insular,  San Vicente y las Granadinas reafirma su guerra por la independencia y con ella un mensaje para todos los tiempos:  En ningún momento estuvo dispuesto Joseph Chatoyer, el líder de los caribes negros, a comprometer la soberanía de su nación en ciernes, con los colonizadores británicos, plenamente consciente de la intención de los europeos de arrebatarles sus tierras y esclavizarlos. Los colonialistas ingleses planificaron la destrucción de la etnia y la cultura garífunas, pero este etnocidio no es recogido y calificado en los libros de Historia, por los que estudian nuestros escolares y universitarios. Muy pocas personas en el mundo conocen de esa “diáspora” obligada y ejecutada por la corona inglesa contra el pueblo caribeño.  Dos siglos después del asesinato del héroe garífuna, de la destrucción de los asentamientos garinagu en San Vicente, del etnocidio de la reconcentración y expulsión de los sobrevivientes de la isla y el archipiélago que tanto amaron y defendieron; constatamos con admiración y respeto, la victoria histórica de aquel pueblo de primeros rebeldes de América.  Me enorgullece la presencia y actualidad de la cultura garífuna. De quienes se  reafirmaron a pesar de sus enemigos –de nuestros enemigos históricos-, lograron sobrevivir, crecer, y fertilizar este multiétnico y pluricultural entorno civilizatorio “real y maravilloso” en que vivimos, y en tal naturaleza,  concretar su aporte específico a lo universal.  La intransigencia y el valor que Joseph Chatoyer, supo personalizar y simbolizar, constituyen legado y explicación, compromiso y emulación, para quienes hallamos en la historia, razones suficientes para pensar y realizar el presente. 

[1] En realidad, el termino "garífuna" se refiere al individuo y a su idioma, mientras que garinagu es el término usado para la colectividad de personas. En lengua materna de los garífunas garinagu, significa caribes negros.

[2] Años 160, 410 y 1000 d.C

 

[3] Barbados pasó a ser  una posesión de la Corona inglesa en 1663

[4] Se cree que Chatoyer se dirigía a entablar negociaciones con los ingleses.

[5] La historiografía escrita desde la perspectiva de la ocupación colonialista, habla de una primera y segundas guerras caribes.

Joseph Chatoyer: Primer Héroe Nacional de San Vicente y las Granadinas

polillabaez @ 00:03

Por Felipe de J. Pérez Cruz  

 

chatoyer.gifLa historia del Caribe –afirmó con certeza Juan  Bosch-, es la historia de las luchas de los imperios contra los pueblos de la región para arrebatarles sus ricas tierras; es también la historia de las luchas de los imperios, unos contra otros, para arrebatarse porciones de lo que cada uno de ellos había conquistado; y es por último la historia de los pueblos del Caribe para libertarse de sus amos imperiales.  Y la historia de Joseph Chatoyer y del pueblo garinagu, hoy más conocido como garífuna[1], se inserta con dramática fuerza en esa ecuación de fuerzas en combate  definida por el  profesor Bosch. Joseph Chatoyer encarna la resistencia de los llamados caribes negros, a la colonización británica, y su historia es compartida desde San Vicente y las Granadinas en el Sureste del Mar Caribe,  por toda la nación garífuna que se extiende por el arco del Caribe centroamericano.  En momentos que conmemoramos el bicentenario del movimiento independentista de Nuestra América, que precisamente se inició en el Caribe insular a partir de 1790, con la Revolución de Haití, resulta necesario rescatar la historia de un pueblo que durante más de un siglo, mantuvo una constante lucha por su territorio y cultura. Los caribes negros Los caribe kalium o caliponan, procedentes del territorio continental sudamericano, invadieron San Vicente y  conquistaron a sus más primitivos habitantes, los arawak o arahuacos, trasladados también desde la América del Sur, en sucesivas migraciones que se remontan a los primeros años del pasado milenio[2]. Este pueblo  nacido de las tradiciones caribes y arahuacas, protagonizó una sistemática resistencia a la expansión de los colonialistas europeos por el Caribe, que los denominaron caribes-rojos.  En 1635 dos buques españoles que llevaban esclavos africanos, naufragaron frente a la isla de San Vicente. Los caribes rojos intentaron dominar a los recién llegados; pero los africanos se resistieron, y logrando huir a las serranías nororientales, donde fundaron comunidades. No todo fue hostilidad y guerra entre africanos y  caliponan,  con el paso de los años aprendieron a convivir, intercambiaron experiencias culturales y realizaron matrimonios mixtos.  Fue muy rápida la asimilación de los africanos del nuevo medio geográfico y de la cultura caribe.  Nació así la nueva etnia y cultura de los garinagu, donde prevalecieron los rasgos físicos de los padres africanos, en medio de un robusto proceso de transculturación. Los europeos, testigos sorprendidos de aquella nueva e inédita floración étnico- cultural, los llamaron caribes negros. La conquista de Barbados y Santa Lucia a mediados del Siglo XVII[3]; trajo como consecuencia, la migración  a San Vicente (a tan solo a 28 millas de Barbados) de indígenas y negros esclavos rebeldes, por lo que la población de San Vicente se fortaleció notablemente, y fue apreciada por los colonialistas, como un importante obstáculo para sus planes de continuar colonizando las islas.    La población garinagu siguió creciendo y desarrollándose, y ya al finalizar el Siglo XVII,  se produjo un cambio sustantivo en la correlación de fuerzas dentro de San Vicente. La sociedad garinagu se había convertido en un pueblo, con capacidad para disputar el territorio de la isla, y de hecho obligan a los caliponan,  a moverse hacia la parte Oeste de la isla. Ya al finalizar el siglo los  garinagu habían tomado posesión de la parte noroeste.  Cuando la noticia acerca de las disputas entre ambos grupos de pobladores de San Vicente, llegaron a Francia, el gobierno francés calculó que esa era una buena oportunidad para apoderase de la isla.  En esas circunstancias, los franceses en alianza con los caliponan intentaron afianzar la colonización, y en 1719, envían cerca de 500 soldados. Los garinagu evadieron la captura retirándose a las montañas, para descender de estas en las noches, y atacar a los franceses, practicando lo que hoy conocemos como  guerra de guerrillas. Esta forma de hacer la guerra resultaba nueva para los colonos europeos, y los lleva a la derrota. Durante esos años, una y otra vez los franceses recibieron el rechazo de los garinagu, que defendían sus tierras de cualquier tipo de colonización europea. Finalmente los colonialistas franceses se convencieron de que no podían reducir al pueblo garinagu, y optaron por tratar de establecer lazos de comunicación y coexistencia con ellos. En esas circunstancias, los  colonos franceses comenzaron a producir café, tabaco, añil, maíz y azúcar en plantaciones cultivadas por esclavos africanos. La resistencia de Joseph Chatoyer En 1772 se produce el primer asentamiento inglés en San Vicente con el manifiesto interés de esa potencia europea, de consolidar su presencia caribeña, y de inmediato comienza la resistencia de los habitantes de la isla  a la ocupación de sus tierras. En 1763 es firmado el Tratado de París, y las islas de San Vicente y Dominica son apropiadas formalmente por los ingleses. Ese mismo año comienzan a llegar a la isla colonos ingleses para desarrollar plantaciones de caña de azúcar, pero este propósito es frenado por la insurgencia indígena. El líder de la resistencia fue  Joseph Chatoyer, el cacique principal garífuna.  Cuentan que el cacique Chatoyer, informado de que la isla había pasado a ser posesión del Rey inglés, preguntó con completo desprecio: “¿Qué Rey?”, con lo que marcó la postura beligerante de su pueblo frente a los colonizadores. Ante al imposibilidad de vencer a las fuerzas de Chatoyer, los británicos se ven obligados por primera vez en su historia, a firmar un acuerdo con una población indígena en las Américas.  El apoyo de Francia a la independencia de las Trece colonias inglesas de Norteamérica, permite a los pobladores de San Vicente, entre 1779 y 1783, recuperan el control de la isla, con la colaboración de los franceses. Pero un nuevo tratado de reparto colonial entre las potencias europeas (París, 1783) ratifica la adjudicación de San Vicente a los ingleses. Estos regresan, invaden la isla con una numerosa tropa mandada por el general Sir Ralph Abercromby, y se extiende la guerra. Joseph Chatoyer, dirige la resistencia contra los invasores, en alianza con un grupo de franceses inspirados en los ideales de la Revolución que sacudía a ese país europeo.  El 14 de marzo de  1795 cae asesinado en una emboscada[4].  monumento-a-chatoyer.jpgLos ingleses después de la muerte de Chatoyer  arrecian su ofensiva y aplican una criminal política de “tierra arrasada, queman los pueblos, las canoas y destruyen las siembras. La guerra termina en 1796, con la derrota de los caribes negros. Aunque derrotados, los ingleses temen a los garinagu y empiezan a discutir la forma de deshacerse de estos. Primero los reconcentran y confinan a la isla de Belliceaux, donde las pésimas condiciones de vida y la fiebre amarilla, hacen que mueran más de 2400, la mayoría  niños y mujeres. No quedó claro si además, fueron envenenados por sus carceleros ingleses.  El 15 de Julio 1796 los ingleses expulsan a los garinagu de su territorio. El 12 de abril de 1797, 2080 hombres, mujeres, y niños garinagu son desembarcados en el destino final decidido por los ingleses, la isla Roatán, frente a la costa actual de Honduras.  En tiempos de Bicentenario No estaban los garinagu dispuestos a aceptar la suerte que para ellos había planificado el imperio inglés. El 17 de mayo de 1797, los caribes negros se trasladan a tierra firme, arriban a Trujillo donde fundan dos comunidades: Garibalu (Caribal) al este y Cristalu  (Cristales) al oeste.  Por su experiencia militar, los españoles los incorporaron a la milicia. Luego se extenderían por las costas del Caribe Centroamericano, Honduras, Guatemala y Belice. garifunasdehonduras.jpgHoy la cultura garífuna se mantiene con toda fuerza. Se caracteriza por su énfasis en la música, el baile y la historia. Tienen su propia religión, que consiste en una mezcla de catolicismo, africanismos y creencias indígenas. El legado indígena en el modo de vida y la lengua resultan evidentes. La presencia aborigen está en su forma de cultivo, la preparación de casabe, pasión por el mar y la pesca, la forma en que dividen las labores, sus velorios, el uso de maracas en danzas festivas, y la fe en el buyei como curandero o consejero. Por otra parte en la lengua garífuna, aunque hay préstamos del bantú, español, miskito, inglés y francés, el tronco arawak resulta central.  La riqueza cultural del pueblo garífuna recibió el reconocimiento de la UNESCO en el año 2001, como "obra maestra del legado oral e intangible de la humanidad", y  se incluyó en la lista del Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad.  El 14 de marzo del 2002, el gobierno y pueblo de San Vicente y las Granadinas, en búsqueda y encuentro con su identidad histórica, declaró a Joseph Chatoyer,  Primer Héroe Nacional del país. Esta nación caribeña, es uno de los países que se ha integrado a la Alianza  Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA- TCP), como manifestación concreta del crecimiento y fortalecimiento de este proyecto  de independencia económica y político cultural que avanza en la región. La recuperación de la figura histórica de Joseph Chatoyer, y su resistencia armada durante casi tres décadas a la ocupación inglesa[5], resulta hoy un importante aporte, al esfuerzo de rescate de la memoria de nuestros pueblos, que se realiza bajo el impulso de la plataforma internacionalista del ALBA-TCP.  La V Cumbre del ALBA – TCP celebrada en Cumaná durante los días 16 y 17 de abril de 2009, acordó crear la Comisión del Grupo ALBA para la conmemoración del Bicentenario del Inicio de la Revolución de Independencia  en Nuestra América. En enero en La Habana esta voluntad se concretó en un grupo de tareas que deben articularse como programa en la próxima Cumbre de abril de este año en Caracas. A tales esfuerzos, desde el Caribe insular,  San Vicente y las Granadinas reafirma su guerra por la independencia y con ella un mensaje para todos los tiempos:  En ningún momento estuvo dispuesto Joseph Chatoyer, el líder de los caribes negros, a comprometer la soberanía de su nación en ciernes, con los colonizadores británicos, plenamente consciente de la intención de los europeos de arrebatarles sus tierras y esclavizarlos. Los colonialistas ingleses planificaron la destrucción de la etnia y la cultura garífunas, pero este etnocidio no es recogido y calificado en los libros de Historia, por los que estudian nuestros escolares y universitarios. Muy pocas personas en el mundo conocen de esa “diáspora” obligada y ejecutada por la corona inglesa contra el pueblo caribeño.  Dos siglos después del asesinato del héroe garífuna, de la destrucción de los asentamientos garinagu en San Vicente, del etnocidio de la reconcentración y expulsión de los sobrevivientes de la isla y el archipiélago que tanto amaron y defendieron; constatamos con admiración y respeto, la victoria histórica de aquel pueblo de primeros rebeldes de América.  Me enorgullece la presencia y actualidad de la cultura garífuna. De quienes se  reafirmaron a pesar de sus enemigos –de nuestros enemigos históricos-, lograron sobrevivir, crecer, y fertilizar este multiétnico y pluricultural entorno civilizatorio “real y maravilloso” en que vivimos, y en tal naturaleza,  concretar su aporte específico a lo universal.  La intransigencia y el valor que Joseph Chatoyer, supo personalizar y simbolizar, constituyen legado y explicación, compromiso y emulación, para quienes hallamos en la historia, razones suficientes para pensar y realizar el presente. 

[1] En realidad, el termino "garífuna" se refiere al individuo y a su idioma, mientras que garinagu es el término usado para la colectividad de personas. En lengua materna de los garífunas garinagu, significa caribes negros.

 

[2] Años 160, 410 y 1000 d.C

[3] Barbados pasó a ser  una posesión de la Corona inglesa en 1663

[4] Se cree que Chatoyer se dirigía a entablar negociaciones con los ingleses.

 

[5] La historiografía escrita desde la perspectiva de la ocupación colonialista, habla de una primera y segundas guerras caribes.

11/03/2010 GMT 1

Los Bicentenarios de la Independencia y el mundo

polillabaez @ 22:11

Por Luis Britto García

bicentenarios_luis-britto.jpg

1

De paso por Madrid hojeé un libro de cuyo nombre no quiero acordarme,  que rebajaba las independencias latinoamericanas a subproducto de “la crisis del 1808”. Vale decir: lo que cumplieron veinte millones de americanos  en veinte millones de kilómetros cuadrados sería un eco de lo que no lograron once millones de españoles en medio millón de kilómetros. Por el contrario, la hegemonía de España y por consiguiente la de Europa fue un subproducto de América Latina y el Caribe. Para comprender  las revoluciones que acabaron con los “trescientos años de calma” que denostó Bolívar, examinemos la influencia que durante ese período ejerció sobre el planeta el sometimiento de la gigantesca América Latina.

2

Las riquezas saqueadas al Nuevo Mundo tuvieron como consecuencia política  doscientos años de hegemonía española, la derrota de los musulmanes en Europa, la transferencia de los metales preciosos de España a Holanda, Francia e Inglaterra; las consecutivas hegemonías de estos países y su final arremetida  sobre el planeta  en la colonización global.

3

En lo económico, los metales preciosos americanos detonaron el arranque del capitalismo, sus vegetales como la papa y el maíz alimentaron las muchedumbres que lanzaron la revolución industrial. En lo cultural, nuestras sociedades comunitarias relanzaron el tema de la Utopía; nuestros aborígenes inspiraron  las reflexiones de Montaigne sobre los pueblos primordiales; dieron pie al mito del Buen Salvaje que a su vez sustentaría al Romanticismo, y suscitaron la cuestión del Otro y la de la relatividad y pluralidad de las culturas.

4

Si la sumisión de América tuvo tales consecuencias, no fueron menores las de su liberación. Nuestras independencias impusieron el principio republicano como paradigma político universal. Transitorias Repúblicas hubo entre las sociedades esclavistas de Grecia y Roma y las mercantilistas ciudades italianas del Renacimiento. Cromwell impuso en Inglaterra una fugaz República durante una década, y los jacobinos otra durante pocos  años. Con apoyo del absolutismo francés, los estadounidenses  desde 1783 instauran otra, esclavista y oligárquica. Esas excepciones no hicieron la regla. Pero salvo el imperio de opereta de Brasil, nuestras revoluciones independentistas sentaron los principios de la República, de la soberanía popular expresada mediante el sufragio, de la separación de poderes. Ante este ejemplo, Europa amenazó a América con la llamada Santa Alianza, para concluir  instaurando tardíamente Repúblicas en Francia y en España, y reducir a sus reyes a una opulenta decoratividad, controlada por parlamentos en parte electos.  Si la República es la forma política paradigmática en el mundo contemporáneo, se debe a que América, y sobre todo América Latina independiente, demostró su viabilidad.

5

Las independencias latinoamericanas, aunque muchas degeneraron en las llamadas repúblicas oligárquicas, que intentaron perpetuar la sociedad colonial de castas negando acceso al sufragio a las mayorías, fueron, en todo el sentido de la palabra, revolucionarias. Lo fueron porque sustituyeron el orden del absolutismo monárquico por el del republicanismo fundado en la soberanía popular, porque en su mayoría esgrimieron como banderas la liberación de los esclavos y de los indígenas, y porque sólo triunfaron gracias a la incorporación activa del pueblo a las milicias revolucionarias. La rebelión de Haití en 1804 es el más acabado ejemplo de sublevación social de un sector de la población enteramente despojado de derechos contra sus opresores. Los restantes movimientos independentistas triunfaron cuando lograron la incorporación de castas o clases oprimidas a las filas revolucionarias: unas filas que recurrieron en una escala continental, nunca antes vista, al parto de la violencia.

6

Las revoluciones latinoamericanas quizá se inspiraron en la estadounidense y en la francesa. Sin embargo, su ejemplo desató en Europa una oleada revolucionaria que, al igual que en América Latina, desbordó las fronteras y sacudió un continente. Latinoamérica demostró que una sublevación revolucionaria podía derrotar los ejércitos de las monarquías y mantenerse en forma permanente y estable. Las cadenas de insurrecciones europeas  de 1830 y  de 1848 siguen en alguna forma esta inspiración. Durante dos centurias de vida autónoma América Latina mantiene vigente para el mundo el tema  de la Revolución, que la victoria de la Santa Alianza contra Francia parecía haber clausurado para siempre. A lo largo  del coloniaje y después de él mantuvo Nuestra América una constante tradición de insurrecciones revolucionarias. Las rebeliones campesinas que dirige Ezequiel Zamora en Venezuela preceden a la Comuna de París; la Revolución Mexicana antecede a la Bolchevique; la insurgencia de César Sandino contra el imperialismo de Estados Unidos,  la Revolución Cubana, mantienen el ideal revolucionario en un mundo que parecía derivar hacia el conservadurismo.

7

Señalé sobre el Movimiento de los Países No Alineados, que así como la conquista de América fue la mayor operación de coloniaje jamás cumplida, su liberación fue la más grande gesta de descolonización culminada. Como bien dijo Bolívar en 1824 a los vencedores de Ayacucho  «Habéis dado la libertad a la América meridional; y una cuarta parte del mundo es el monumento de vuestra gloria».  En  dos centurias de Independencia, Nuestra América ha enfrentado todos los desafíos que luego encontraron los demás países descolonizados: sustitución de la dependencia política por la económica, científica y cultural; enfrentamiento con antiguos países descolonizados que a su vez devienen imperios; la progresiva marcha hacia la unidad y la integración mediante organismos internacionales como el Mercosur, Unasur, el Alba. La esclavitud, la sujeción, la liberación del Nuevo Mundo anticipan y emblematizan la del Mundo. La de América Latina podría prefigurar la de la Humanidad.
 

PD: La venezolana Soleydis del Valle ganó el Premio Internacional de Novela Alba con Percusión y Tomates. Gloria para Venezuela y para ella.
(Foto/texto: Luis Britto)

http://luisbrittogarcia.blogspot.com

09/03/2010 GMT 1

Fallo de Corte colombiana en caso contra bases militares podría darse en mayo

polillabaez @ 05:25

Uribe [Alirio] espera un fallo antes de que Estados Unidos ocupe las bases militares. La acción de presidente de Colombia es un reflejo de que ha manejado el país sin usar los recursos constitucionales y ha usado a la nación como si fuera un patrimonio particular.


 La Corte Constitucional colombiana admitió la demanda contra el acuerdo militar entre Colombia y Estados Unidos. (Foto: EFE)
La Corte Constitucional colombiana admitió la demanda contra
el acuerdo militar entre Colombia y Estados Unidos. (Foto: EFE)

 Uribe espera que la Corte pueda emitir el fallo antes que Estados Unidos ocupe las bases colombianas. (Foto: teleSUR)
Uribe espera que la Corte pueda emitir el fallo antes que
Estados Unidos ocupe las bases colombianas. (Foto: teleSUR)

TeleSUR _ Hace: 07 horas
El director de la organización Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, Alirio Uribe, aseguró este lunes que el fallo de la demanda ciudadana que busca la inexequibilidad (que no se puede llevar a efecto) del acuerdo para la instalación de siete bases militares estadounidenses en territorio colombiano podría conocerse para próximo mes de mayo.

"Este tratado tendrá efectos muy fuertes a partir del mes de mayo que sería el momento cuando Estados Unidos empezaría a ocupar las bases en Colombia (...) nosotros aspiraríamos que la Corte Constitucional le dé prioridad a este fallo (...) nosotros esperaríamos que salga antes de la aplicación del tratado", expresó Uribe en una entrevista exclusiva para teleSUR.

El Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo solicitó este domingo a la Corte Constitucional de Colombia que le diera prioridad al análisis de la demanda ciudadana.

"Lo que hizo el Gobierno fue omitir la participación del Poder Legislativo y Judicial y además firmó el acuerdo como si se tratara de un simple convenio simplificado", consideró.

Esto provocó que la Corte admitiera este sábado la demanda contra el acuerdo de cooperación firmado entre Bogotá y Washington, la cual será revisada para conocer si se saltaron los procedimientos que están contemplados en la Constitución.

"Ese acuerdo tenía reserva legal, es decir, que solamente se podía hacer mediante una ley del Congreso y pasándolo por la Corte. Entonces la Corte dice que como éste es realmente un tratado internacional voy a conocer si es constitucional o no", sostuvo Uribe.

El abogado señaló que uno de los argumentos claros del por qué debe ser abolido el acuerdo con Estados Unidos, es "que la iniciativa no tiene reciprocidad con Colombia, ya que nuestro país entrega la soberanía y no recibe nada a cambio", señaló.

Según indica el Colectivo en su portal web, este acuerdo establece "un régimen de inmunidad, propio para los cuerpos diplomáticos civiles, en beneficio de los militares estadounidenses y sus familias, además de otorgarle el permiso a Estados Unidos de introducir al país personal de otras nacionalidades sin previa autorización.

Por su parte, el portal web del diario colombiano El Tiempo publica que "fuentes de la Corte dicen que el abanico de posibilidades va desde dejar las cosas como están hasta tumbar el acuerdo, pasando por suspender su aplicación hasta tanto se tramite la ley correspondiente".

Finalmente, el jurista aseguró que en "esta acción evidencia que el presidente (Álvaro Uribe) ha manejado el país sin usar los causes constitucionales y de alguna manera como si el Estado colombiano fuera patrimonio particular y no bien publico de todos los colombianos".

El gobierno de Colombia ha defendido el acuerdo diciendo que éste no es un nuevo tratado, sino una extensión de los convenios suscritos por el país desde el año 1974.

El 30 de octubre de 2009, Bogotá rubricó un acuerdo con Estados Unidos en un acto privado donde se le otorgaba la potestad a este último de instalar siete bases militares en territorio colombiano y operarlas durante 10 años "renovables" para, supuestamente, combatir el narcotráfico en la región.

La base aérea de Palanquero, en el centro de Colombia, sería el eje de las siete instalaciones a las que los militares estadounidenses tienen acceso mediante el acuerdo, el cual les otorga total inmunidad, impidiendo así ser juzgados en tierras colombianas por los posibles delitos que pudieran cometer.

La mayoría de las naciones que conforman la región se encuentran en desacuerdo de la instalación de estas bases por considerar que son un riesgo y una amenaza contra la soberanía y la estabilidad de toda Sudamérica.

Las bases que serán tomadas por Estados Unidos son la del Ejército en Larandia (sur, departamento de Caquetá) y Tolemaida (centro, Cundinamarca y Tolima); las aéreas de Malambo (norte, Atlántico), Palanquero (centro, Cundinamarca) y Apiay (sur, Meta), así como en las navales de Cartagena (norte) y Málaga, en el Pacífico.

El Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo es una Organización No Gubernamental colombiana conformada por juristas que defienden los derechos humanos desde una manera social, política, económica y cultural.

 

 

teleSUR-El Tiempo-EFE/ dag-PR

07/03/2010 GMT 1

Venezuela es inspiradora de la revolución del siglo XXI en América Latina

polillabaez @ 18:00

El presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya, afirmó que Venezuela y la Revolución Bolivariana son una auténtica inspiración para las nuevas generaciones de América Latina, durante el primer Congreso Extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) que se realizó en La Rinconada.

Ante el Congreso Extraordinario del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) reunido en Caracas, el mandatario expresó: “Sí hay un pueblo, una revolución del siglo XXI, sí hay alguien en quien podemos inspirarnos de verdad es en su ideología, en su lucha, porque ustedes han resistido todo, han vencido una sociedad sumamente conservadora, han puesto una agenda latinoamericana, han dado un sitio a la libertad y a la lucha, como invencible es el pueblo de la República Bolivariana de Venezuela”.

“Yo me inspiro en ustedes, en los símbolos de libertad e independencia que hoy pregona por las cuatro latitudes del planeta la Revolución Bolivariana”, exclamó.

Puntualizó que en su país luchan por convertirse también en un ejemplo de transformación en Centroamérica.

“El cambio ya empezó, pero no es fácil. Ustedes son fuente de inspiración, porque han resistido diez años y cada día están más fuertes, más convencidos de que es necesario continuar”, dijo.

El presidente recordó que durante su recorrido por el mundo en defensa de la restitución democrática en su país le acompañó una consigna nacida en Venezuela, que le apoyó en los momentos de mayor tensión: “Zelaya, aguanta, el pueblo se levanta”.

Agregó que se siente honrado de acompañar al PSUV, que calificó como tribuna de hombres y mujeres libres de América Latina, de los que defienden los principios de una revolución que busca cada vez más humanismo, libertad, democracia y principios de igualdad.

Entre los aplausos de los 772 delegados psuvistas, Zelaya destacó los méritos del líder de la revolución bolivariana, Hugo Chávez.

Zelaya al frente de Consejo Político de Petrocaribe

El presidente legítimo de Honduras, Manuel Zelaya, dirigirá el Consejo Político de Petrocaribe, de acuerdo con un anuncio hecho por el canciller venezolano, Nicolás Maduro.

El titular de Relaciones Exteriores dijo que la decisión derivó de la reunión que sostuvieron Zelaya y el presidente Hugo Chávez la noche del viernes.

Zelaya estuvo presente Primer Congreso Extraordinario del Psuv, instalado en La Rinconada, Caracas, con el fin de evaluar la coyuntura electoral del próximo 26 de septiembre, cuando serán escogidos por voto popular los diputados de la Asamblea Nacional.

Es un honor tener la presencia del presidente Zelaya y de su hija en el país

En el acto estuvieron presentes, entre otros dirigentes del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), la presidenta de la Asamblea Nacional y vicepresidenta del partido, Cilia Flores; así como el canciller y dirigente de la tolda roja, Nicolás Maduro, entre otros.

Zelaya se encuentra de visita en Venezuela acompañado de su hija, Hortensia Zelaya "La Pichu". La noche del viernes se reunió con el jefe de Estado, Hugo Chávez, en Miraflores.

"Para nosotros es un honor tener al presidente Manuel Zelaya en Venezuela y aquí en este congreso. Nuestras bases quisieron que estos hombres y mujeres estuvieran en este lugar para abordar en un momento histórico, una coyuntura que marcará las pautas para el futuro", expresó Cilia Flores, quien dio las palabras de bienvenida.

La vicepresidenta del PSUV manifestó que este acto es para ratificar, una vez más, la solidaridad del pueblo de Venezuela y de este partido político con el pueblo hondureño, apoyo se ha demostrado desde el mismo momento en que se produjo el golpe de Estado en la nación hermana.

"Hoy, nosotros acompañamos a nuestro compañero Presidente en cuanto a que no reconoceremos ningún gobierno en Honduras que es producto de un gobierno de facto", enfatizó.

Hortensia Zelaya: "Qué cese el bloqueo a Cuba"

Por su parte, Hortensia Zelaya agradeció al pueblo venezolano por el apoyo expresado durante el golpe de Estado y aseguró que la unión de los pueblos de América Latina es un paso para demostrar que la "ola socialista irá creciendo y vencerá en sus trincheras y que no podrán callarnos".

Finalmente, pidió el cese al bloque del que es víctima el hermano país de Cuba, por parte de Estados Unidos. "Quiero mandarle un saludo a mi comandante Hugo Chávez Frías y al mandatario cubano Fidel Castro".

Radio Mundial / Francisco Fagundez

http://www.abrebrecha.com/56560_Venezuela-es-inspiradora-de-la-revolución-del-siglo-XXI-en-América-Latina-.html

06/03/2010 GMT 1

Que será lo que quiere el negro

polillabaez @ 06:08

Por Braulio Martínez Zerpa(*)

rcbaez_obama-lapazdeloshalcones.JPGEn los actuales momentos tenemos un cuadro estratégico, que si lo analizamos con detenimiento podríamos arribar a ciertas conclusiones, este razonamiento lo vamos a fundamentar en la siguiente premisa: Toda acción humana está precedida de ciertos acontecimientos que van marcando el paso hacia un resultado predeterminado. Ahora bien, estos eventos tienen que estar concatenados entre sí y deben guardar una relación ascendente en cuanto a su aceleración al logro del objetivo teleológico.

En un mundo donde las comunicaciones están globalizadas, es muy difícil ocultar la intención del impulsor de estos sucesos; o quizás no le importe embozarlos, porque su superioridad sea tal que piensen que poco importa que estos sean desvelados, porque de todas maneras van a ir por su consecución. Esto es cierto, pero no menos cierto es que al débil se le está brindando la oportunidad de lograr cierta preparación; por manera que, cuando la presa se da cuenta que el depredador le está cerrando el círculo, que le tiene rodeado, le está dando un margen, aunque pequeño, para maniobrar y ganar el tiempo suficiente para llevarlo al terreno donde pueda causarle el mayor daño.

Esto podría logarse creando alianzas estratégicas defensivas con aliados que puedan juntar fuerzas equiparables con las del depredador; o preparándose para ejecutar una guerra irregular, para lo cual habría que moverse con mucha rapidez creando grandes unidades de Milicias con sus respectivos medios defensivos; o adquirir, cuanto antes, armamentos contra armamentos; vale decir, armamentos anti-blindados, armamentos anti-aéreos y armamentos anti-buques. Sin embargo, lo ideal es una combinación de estas tres opciones. Quiero llamar la atención de que el margen de tiempo de que disponemos se está achicando considerablemente y todos sabemos muy bien “que es lo que quiere el negro.” El negro quiere lo negro sub-yacente en nuestro subsuelo para mantener su imperio. Si queremos un buen ejemplo de esto no tenemos más que mirar el caso de Irán; éste País se ha manejado en estos tres escenarios con relativo éxito, y con ello ha disuadido al más grande imperio de la historia. Que estamos esperando por Dios, vamos ya a desarrollar estos tres escenarios, sin olvidar el escenario político de las próximas elecciones para la Asamblea Nacional.

Quiero ahora volver al principio de este artículo, sobre el cuadro estratégico y los acontecimientos que se han venido sucediendo para preparar el terreno en el logro del objetivo final del imperio, que ya sabemos son nuestros recursos energéticos y el modo para lograrlo; veamos estos acontecimientos por separado.

Primero: Informe de la CIDH, sobre este punto acabo de escribir un artículo titulado La CIDH Es Una Rama de la CIA, que pueden leer en Abre Brecha.com; por tanto no quiero abundar más sobre este aspecto, sólo mencionar, que la cañería se destapó con la grabación presentada por Venezolana de Televisión en el programa Dando y Dando, donde de la manera más abyecta y cochina los magistrados de dicha Corte cocinaron una sentencia para perjudicar a nuestro País, violando todos los preceptos jurídicos; y, lo que es peor defecando sobre la ética que debe tener un magistrado de una Corte llamada a velar por los derechos humanos de todo un Continente. Pero esto no debe quedar ahí, estamos obligados, en defensa de nuestros derechos humanos y de esa ética carcomida por esos magistrados, a llevar este caso a todas las instancias internacionales hasta lograr enjuiciar a estos impostores. Ya basta de estar a la defensiva, porque si no lo hacemos nos convertiríamos en cómplices de estos degenerados. Además, hay que romper el círculo de encadenamiento de eventos a los que estamos sometidos por el imperio y sus lacayos.

Segundo: La acusación de la Audiencia Española a Venezuela de cooperar con la ETA y las FARC. Sobre esto debemos decir que ningún Juez español tiene jurisdicción sobre Venezuela y mucho menos para tratar de enjuiciar a un Presidente; lo más grave es que ellos lo saben muy bien; y, sin embargo al hacerlo desvelan su intención, que no es otra que cumplir con un mandato del imperio para tratar de crear la matriz de opinión de que el Gobierno de Venezuela, al apoyar a grupos terroristas (lo cual no es cierto para las FARC), lo convierte en un Estado forajido que debe ser execrado. Digo que esto no es aplicable a las FARC, por cuanto ésta es una parte contendiente en una guerra civil en Colombia y no un grupo terrorista; los verdaderos terroristas en esa contienda es el Estado colombiano con sus paramilitares y los militares de carrera, con sus “falsos positivos”, a quienes se suman ahora los terroristas más grande de la historia, que no son otros que los militares y sus mercenarios civiles (Blackwater) del imperio gringo. Y, si no me creen revisen el más de millón y medio de personas (en su mayoría niños y mujeres) vilmente asesinados en Iraq, el más de medio millón asesinados en Afganistán y más de doscientos mil en Paquistán. Este eslabón de la cadena de eventos para preparar lo conducente a acabar con nuestro bello proyecto revolucionario, debemos romperlo a través de acciones agresivas de guerra de cuarta generación.

Tercero: El Informe del Senado de USA, acusando a Venezuela de apoyar el narcotráfico. Todos sabemos que esto no es cierto, no hay País en el Continente que esté proyectando una lucha frontal contra ese flagelo con tanto éxito como Venezuela. El razonamiento es muy sencillo: el primer productor de cocaína en el mundo es Colombia y el mayor receptor de este estupefaciente es USA, ahora bien, aproximadamente el 80% de esa cocaína sale de Colombia hacia USA a través de sus puertos en el Pacífico; y, como todos sabemos Venezuela no tiene costas en el Pacífico; el 15% sale de Colombia hacia USA a través de los puertos colombianos en el Mar Caribe; y, el 5% restante sale desde Colombia a través de sus países limítrofes, vale decir: Ecuador, Brasil y Venezuela. Ahora bien, esa pequeña parte que trata de pasar por Venezuela va dirigida fundamentalmente hacia las islas caribeñas, pero sucede que su mayor parte es retenida y quemada en nuestro País por la ONA (Organización Nacional Antidrogas). Todo esto lo sabe, también, el imperio, pero le dan publicidad a esta mentira para crear la sensación de que Venezuela es un gran traficante de drogas. Este eslabón de esa cadena de eventos concatenados para perjudicarnos se puede romper desarrollando una agresiva campaña publicitaria, que destaque la aseveración de la ONU de que USA es no sólo el mayor productor de marihuana en el mundo, sino el mayor consumidor de cocaína en el globo terráqueo; destacando el aumento considerable de estupefacientes en Colombia y Afganistán desde que estos Países pasaron a ser intervenidos por el imperio.

Cuarto: Otro eslabón en esta cadena de eventos es la actitud grosera y ofensiva del Presidente Uribe Vélez hacia nuestro Presidente Chávez en la reciente reunión del Grupo de Rio en Cancún Méjico. Esto no es, desde luego, un suceso aislado como lo han tratado de disfrazar los opositores nacionales e internacionales; el mundo debe saber que éste hecho forma parte de un libreto producido y dirigido por el imperio, donde el personaje de marras debía provocar a nuestro Presidente para que se armara un altercado y luego publicitar la noticia, por supuesto que falsa, de que nuestro Presidente tiene un perfil agresivo e irracional que lo acerca más a la imagen de un dictador que de un demócrata; pero afortunadamente, El Presidente Chávez no mordió el anzuelo y coincidentemente rompió este eslabón.

Quinto: La gira de la Secretaria de Estado de USA por algunos Países de Latinoamérica. Mucho de lo conversado por esta señora con los Presidentes de estos Estados quedará en el silencio; sin embargo, en el caso de Brasil, esa señora trató de descalificar a nuestro Presidente con sus mentiras habituales, y tuvo el tupé de decir que “esperaba que El Presidente Chávez restituyera la democracia en Venezuela”. Señora Secretaria, usted sabe muy bien que nuestra democracia se fortalece día a día con el empoderamiento del pueblo, y sobre esto, le recuerdo la frase de uno de sus Presidentes (Abraham Lincoln), que dijo que “la democracia era el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, espero que usted lo haya leído alguna vez, y entienda, como yo se que lo entiende, que toda acción dirigida a fortalecer el poder del pueblo es democracia pura; y, no como la suya que consiste en empoderar a los grandes empresarios y el pueblo durmiendo en las calles porque ni vivienda tienen. En su País señora Secretaria no hay democracia, lo que hay es una plutocracia (gobierno de los más ricos), así que no venga usted a tratar de darnos lecciones de democracia porque le queda muy grande. Pero, yo insisto, en que usted sabe todo esto, y le debe doler mucho por dentro, pero usted no puede salirse de su libreto al igual que su Presidente, so pena de amanecer con un hilo de hormigas en su boca.

Lo importante es destacar que ninguno de estos eventos constituyen hechos aislados, son todos eslabones debidamente concatenados (e irán apareciendo otros) para la consecución de un fin, que no es otro que ponerle la mano a nuestro recursos energéticos (objetivo teleológico o final). Ahora bien, si tenemos la habilidad de romper estos eslabones y los que vayan viniendo, en esa medida dispondremos de más tiempo para lograr una mejor preparación para defender nuestra soberanía; y recordemos siempre aquel principio de la guerra, también aplicable en la política, de que “la mejor defensa es la ofensiva”. Preparémonos en los tres escenarios mencionados al principio de este artículo y tendremos una Patria Socialista por siempre…venceremos.

(*)Coronel en retiro de la Aviación Militar Bolivariana y abogado en ejercicio.
 
 http://www.aporrea.org/tiburon/a96489.html

El ataque perpetuo

polillabaez @ 05:42

Por Eva Golinger

La guerra se acerca cada día más...

rcbaez_quenoparelamusica.JPG“El imperio no cesará en buscar mecanismos y técnicas para lograr su objetivo final, y no podemos descartar la posibilidad en el futuro cercano de un conflicto bélico en ésta región… Si este año colocan a Venezuela en la famosa lista de “estados terroristas”, estaremos en la víspera de un conflicto militar”.

América Latina ha sufrida una constante agresión dirigida desde Washington durante más de dos cientos años. Todas las tácticas y estrategias de la guerra sucia han sido aplicadas en los distinos paises de la región, desde golpes de Estado, asesinatos, magnicidios, desapariciones, torturas, dictaduras brutales, atrocidades, persecución política, sabotajes económicos, guerra mediática, subversión, infiltración de paramilitares, terrorismo diplomático, intervención electoral, bloqueos y hasta invasiones militares. No ha importado quien gobierna en la Casa Blanca – demócratas o republicanos – las políticas imperiales se mantienen en marcha.

En el siglo XXI, Venezuela ha sido uno de los principales blancos de estas agresiones constantes. Desde el golpe de abril 2002 hasta hoy, ha habido una escalada peligrosa en ataques y atentados contra la Revolución Bolivariana. Aunque muchos cayeron bajo la seducción de la sonrisa y las palabras poéticas de Barack Obama, ni tenemos que mira más allá del último año para ver claramente la intensificación de la agresión contra Venezuela. La expansión militarista de EEUU a través de Colombia, la reactivación de la Cuarta Flota de la Armada, más su presencia en el Caribe, Panamá y Centroamérica, se debe interpretar como la preparación para un escenario de conflicto de guerra en la región.

ESCALADA EN AGRESIONES

Las declaraciones hostíles dadas durante las últimas semanas por los voceros de Washington, acusando a Venezuela de ser un país narcotraficante, violador de derechos humanos, que “no contribuye a la democracia y la estabilidad regional”, además de las acusaciones de la Dirección Nacional de Inteligencia de EEUU clasificando al Presidente Chávez como “líder anti-estadounidense en la región” forman parte de la campaña coordinada que intenta justificar una agresión directa contra Venezuela. Las próximas declaraciones serán sobre los vínculos con el terrorismo. Si este año colocan a Venezuela en la famosa lista de “estados terroristas”, estaremos en la víspera de un conflicto militar.

Todo indica que van hacia ese fin. Como bien decía el documento de la Fuerza Aérea de EEUU, de fecha mayo 2009, sobre la necesidad de aumentar su presencia militar en la base militar de Palanquero, Colombia, Washington está preparando y capacitándose para una guerra “expedita” en Suramérica.

Según el documento de la Fuerza Aérea, lo cual fue entregado al Congreso de EEUU en mayo 2009, (pero que luego fue modificado en noviembre 2009 para borrar el lenguaje que revelaba las verdaderas intenciones detrás del acuerdo militar entre Washington y Colombia), “El desarrollo de [la base en Palanquero] profundizará la relación estratégica entre EEUU y Colombia y está en el interés de las dos naciones…[La] presencia también incrementará nuestra capacidad para conducir operaciones de Inteligencia, Espionaje y Reconocimiento (ISR), mejorará el alcance global, apoyará los requisitos de logística, mejorará las relaciones con socios, mejorará la cooperación de teatros de seguridad y aumentará nuestras capacidades de realizar una guerra de forma expedita”.

GUERRA AVISADA

El primer informe oficial sobre las prioridades en materia de seguridad y defensa presentado durante la nueva administración de Obama fue el de las “amenazas globales” según la Dirección Nacional de Inteligencia. Venezuela ha sido mencionado en dicho informe en años anteriores, pero no con tanta dedicación y énfasis como este año. Esta vez, Venezuela – y particularmente el Presidente Chávez – fue señalado como una de las principles amenazas contra los intereses estadounidenses en el mundo. “El Presidente de Venezuela Hugo Chávez se ha establecido como uno de los detractores principales a nivel internacional contra EEUU, denunciando al model democrático liberal y el capitalismo del mercado, y rechazando las políticas e intereses de EEUU en la región”, decía el informe, colocando a Venezuela en la misma categoría que Irán, Corea del Norte y Al Qaeda.

Días después, el Departamento de Estado presentó su presupuesto para el 2011 ante el Congreso. Además del incremento en financiamiento solicitado a través de la USAID y la NED para financiar grupos políticos de la oposición en Venezuela – más de 15 millones de dólares – hubo una solicitud de 48 millones de dólares para la Organización de Estados Americanos (OEA) para “el despliegue de equipos especiales que ‘promueven la democracia’ en países donde la democracia esta bajo amenaza debido a la presencia creciente de conceptos alternativos como la ‘democracia participativa’ promovido por Venezuela y Bolivia”.

Y una semana luego, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA – financiada por Washington – publicó un informe de 322 páginas, acusando a Venezuela de ser violador de los derechos humanos y la libertad de expresión, y de socavar la democracia regional. A pesar de ser un informe – y una Comisión – dedicado al tema de derechos humanos, acaso mencionó los inmensos logros que el gobierno del Presidente Chávez había tenido en la materia. En su lugar, sólo analizaba aspectos relacionados con los derechos civiles y políticos – los únicos derechos reconocidos en EEUU, ignorando los derechos económicos, culturales y sociales que realmente componen la esencia de lo que son los derechos humanos. Las evidencias utilizadas para el informe de la CIDH fueron tomadas de testimonios y medios de la oposición en Venezuela, demostrando su cesgo pleno.

Pero a pesar de su postura distorcionada y su falta de evidencias contundentes, estos informes son empleados para justificar las acciones agresivas de Washington contra Venezuela ante la opinión pública internacional.

LA ORQUESTA INTERNACIONAL

Como dijo el Presidente Chávez en reacción al bombardeo de informes y acusaciones contra su gobierno, “Hay una orquesta internacional contra Venezuela en estos momentos, una agresión permanente dirigida desde el imperio estadounidense”. Pero no es nuevo. Desde el 2005, estos informes y declaraciones han ido incrementado en su intensidad y caracter violento.

Hace cinco años fue la primera vez que Washington clasificó a Venezuela como un país que no colabora con la lucha contra el narcotráfico en su informe anual sobre el control de narcóticos en el mundo. Meses antes de la salida de ese informe en 2005, Venezuela había suspendido la cooperación con la agencia anti-drogas de EEUU, la DEA, porque había descubierto sus acciones de espionaje y sabotaje contra los esfuerzos del comando anti-droga de Venezuela. Desde entonces, Venezuela ha mejorado de manera significativa las incautaciones de drogas, las detenciones de capos narcotraficantes y la destrucción de laboratorios de drogas ubicados en la frontera con Colombia – el país mayor productor de drogas del mundo.

No obstante, el informe sobre la materia del Departamento de Estado de este año, publicado el primero de marzo, clasifica a Venezuela como “país narcotraficante” y país “cómplice” con el narcotráfico – acusación completamente sin fundamentos ni evidencias reales.

Simultáneamente, una corte española acusó al gobierno venezolano de apoyar y colaborar con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y la ETA – dos organizaciones consideradas terroristas por EEUU y España – creando una polémica internacional a través de los medios de comunicación, y provocando una tensión entre los gobiernos de España y Venezuela. El Presidente Chávez ha reiterado numerosas veces que su gobierno no tiene ningún vínculo ni con las FARC ni con la ETA, ni con ningún grupo terrorista. “Este es un gobierno de paz”, declaró Chávez, luego explicando que la presencia de algunos miembros de la ETA en Venezuela se debe a un acuerdo realizado hace casí 20 años por el gobierno de Carlos Andrés Pérez para ayudar con un tratado de paz entre el gobierno español y el grupo irregular.

LA POLÍTICA IMPERIAL NO TIENE COLOR

Esta semana, de gira en América Latina, la Secretaria de Estado Hillary Clinton ha lanzado dardos contra Venezuela en sus distintas declaraciones ante los medios de comunicación. Expresó su “grave preocupación” por la democracia en Venezuela, acusando al gobierno del Presidente Chávez de no “contribuir de manera constructiva” al desarrollo regional. Cínicamente, Clinton aconsejó a Venezuela de “mirar más hacia al sur” en lugar de relacionarse tanto con Cuba.

La gira de Clinton se debe a una estrategia ya anunciada por la administración de Obama, de crear una división entre lo que consideran la izquierda “progresista” y la izquierda “radical” en América Latina. No es coincidencia que su viaje por la región – el más largo desde el comienzo del gobierno de Obama – se realiza justo después de la Cumbre de Unidad en Cancún, donde fue acordado la creación de una Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá.

La antigua Secretaria de Estado durante el gobierno de George W. Bush, Condoleezza Rice, declaró en enero 2005 que “Hugo Chávez es una fuerza negativa en la región”, dando comienzo a una política de hostilidad y agresión hacia Venezuela. Clinton ha continuado con las mismas políticas de su antecesora, buscando aislar y desacreditar al gobierno venezolano y la figura de Hugo Chávez. Su intención es poner en marcha el plan de “cambio de régimen” en el país con las más grandes reservas de petróleo del mundo.

LA GUERRA QUE VIENE

El tiempo de preparar un conflicto bélico no es de un día a otro. Es un proceso que involucra primero el acondicionamiento de la opinión pública internacional - demonizando al líder o gobierno adversario para justificar la agresión. Luego, capacitan y ubican las fuerzas militares en la región para asegurar la efectividad y potencial de una acción militar. Al mismo tiempo, tácticas como la subversión y la contrainsurgencia son empleadas para debilitar y desestabilizar al país blanco desde adentro, así colocándolo en una situación más vulnerable y menos preparado para defenderse.

Todo esto está en marcha contra Venezuela desde hace varios años. La consolidación de la unidad e integración regional amenaza cada día más la recuperación del control imperial sobre el hemisferio. Y los avances internos de la Revolución Bolivariana impiden la “auto-destrucción” que las fuerzas imperiales actuando dentro del territorio venezolano constantemente están provocando. No obstante, el imperio no cesará en buscar mecanismos y técnicas para lograr su objetivo final, y no podemos descartar la posibilidad en el futuro cercano de un conflicto bélico en esta región.

http://www.aporrea.org/tiburon/a96483.html

Comp. fotog. RCBaez_quenoparelamusica

Véase además:  Washington: cañones contra Venezuela / Hedelberto López Blanch
http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/03/06/washington-canones-contra-venezuela/

05/03/2010 GMT 1

La verdad y la mentira en la batalla por América Latina

polillabaez @ 00:04

Por Ángel Guerra Cabrera

  

A Carlos Montemayor

 

cumbre-de-la-unidad-3-580x403.jpgLa creación de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe decidida en la Cumbre de Cancún es el reflejo institucional de un nivel cualitativamente superior en la lucha de los pueblos de nuestra América por su emancipación, integración y unidad. Expresa también la creación de una correlación de fuerzas más desfavorable al ejercicio de la hegemonía de Estados Unidos que la existente hasta finales de la década de los años 90, que ayudaría a explicar la creciente militarización de la política imperial. Las grandes batallas populares contra el neoliberalismo condujeron al surgimiento de un conjunto de gobiernos con políticas más o menos radicales pero independientes de Washington y estimularon en grados distintos según los países y grupos sociales la elevación de la conciencia latinoamericanista, antimperialista e incluso anticapitalista a todo lo largo y ancho de nuestra región. Llegado este momento la batalla de ideas pasaba a ser un componente decisivo del enfrentamiento al imperialismo.

 

La victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela y la derrota del golpe de Estado y el golpe petrolero de 2002 –orquestados por Bush- marcaron el punto de giro hacia la configuración del actual escenario geopolítico de América Latina, favorecido por la tenaz resistencia de Cuba y consolidado por la llegada de Lula da Silva a la presidencia de Brasil. Las victorias populares que llevaron al gobierno a Evo Morales y Rafael Correa, permitieron la creación de la Alba, un nuevo tipo de integración impulsada por Venezuela basada en la solidaridad e inspirada en el socialismo renovado, que conjuntamente con los gobiernos de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay dio un impulso sin precedente a la integración latinoamericana, manifestada en la creación de la Unasur y la extensión de la Alba hacia América Central y el Caribe. Ni los gobiernos de derecha pueden oponerse abiertamente a esta tendencia. Las transformaciones sociales, culturales y avances en la creación del poder constituyente y en la integración autónoma de América Latina y el Caribe eran intolerables para Estados Unidos y las derechas del continente desde un comienzo, pero la aventura colonial de Washington en Asia y la desmoralización de las oligarquías locales por la debacle neoliberal impidió entonces el montaje de un plan contrarrevolucionario a escala continental. No obstante, se intensificó la campaña mediática contra los países que luego integrarían la Alba, en el caso de Cuba continuación de la existente desde hace medio siglo, unida a agresivos proyectos desestabilizadores en Cuba, Venezuela y Bolivia.

 

La desfachatada intervención yanqui-uribista en Ecuador de 2008 mostraba ya un plan mucho más articulado y abarcador del imperio contra los gobiernos progresistas de la región que intentaba meterlos en el carril maniqueo de la “guerra contra el terrorismo”. Aunque el repudio del Grupo de Río disminuyó mucho el alcance de la maniobra, resurgen esporádicamente supuestas conexiones operativas de esos gobiernos con las FARC apoyándose en los fantásticos hallazgos en las computadoras de Raúl Reyes, como ocurre en este momento con el incidente diplomático fabricado por el gobierno español contra Venezuela a partir de acusaciones sin sustento de un juez ultraderechista de la Audiencia Nacional.

 

La creación de la IV Flota, el golpe en Honduras y el establecimiento de las bases militares yanquis en Colombia evidenciaron que estaba en marcha una contraofensiva estadunidense cuidadosamente planeada que busca socavar, dividir y liquidar a los gobiernos y movimientos populares y revolucionarios de la región. El dominio mediático es decisivo para este proyecto puesto que la derecha, a diferencia de las fuerzas populares, carece de argumentos convincentes pero confía fanáticamente en la máxima goebbeliana de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”.

 

rcbaez_manipulacion-mediatica-caso-zapata.JPGUn revelador caso de estudio es la campaña propagandística culpando al gobierno de Cuba por la muerte del recluso Orlando Zapata con un torrente de manipulación y falsedades, que ha llevado a los analistas Maurice Lemoine y Salim Lamrani a preguntarse por qué los mismos medios autores de esta alharaca no se dan por enterados de incidentes mucho más graves en sistemas penales occidentales, de la dura represión y asesinatos de líderes de la resistencia hondureña o de la fosa común con dos mil cadáveres de activistas descubierta en La Macarena, al oriente de Colombia.

 

http://www.jornada.unam.mx/2010/03/04/index.php?section=mundo&article=024a1mun

04/03/2010 GMT 1

CHILE. Solidaridad y apoyo a la auto organización popular para hacer frente al terremoto

polillabaez @ 23:18
latribuna-damnificados-4.jpg
Amigos, compañeros:
 
Los Socialistas Allendistas, en conjunto con otras organizaciones de izquierda y populares estamos ahora movilizados, organizandonos y confluyendo unitariamente para participar en la organización solidaria que se requiere para hacer frente ante esta inmensa tragedia.
El mega terremoto del pasado sábado 27 de Febrero y el Tsunami que sobrevino posteriormente en las zonas costeras se llevo también no sólo cientos de vidas humanas  provocando altísimas perdidas en infraestructura, sino que también arrasó con el orgullo del "jaguar chileno" por tantos años socializado por las elites demostrándonos  dramaticamente en muy pocos minutos que el modelo neoliberal de desarrollo chileno tenía y tiene pies de barro
Estamos organizando la solidaridad basada en la auto organizaciòn y la movilizaciòn popular, para que pueda ser eficiente en su respuesta y  se profundice para quedar instalada más allá de la emergencia y las acciones de ayuda y solidaridad más urgentes e inmediatas, particularmente en las zonas más afectadas  no sólo por el terremoto sino por el Tsunami en el borde costero de las Regiones VII y VIII.
Buscamos también contribuir a la articulación de una red de información y comunicación popular para fortalecer este proceso de organización rompiendo el cerco informativo de los grandes medios de comunicación de (TV, escritos y radiales) que socializan una visión única sobre la situación generada por esta catástrofe e ignoran y bloquean toda mirada diferente o critica e invisibilizan la respuesta social organizada ante la crisis y emergencia que estamos viviendo.

En estos momentos  estamos privilegiando el apoyo concreto a la organización y suministro de organizaciones que se han constituido en estos últimos días en torno a Ollas Comunes  y organizaciones populares en las ciudades de Tomé, Penco, Coliumo,Dichato y Concepción.

Estamos recabando aportes en dinero, para la construcción concreta de Hornos a Leña para cocinar (se adjunta proyecto y costo unitario). [No nos llegó el adjunto mencionado: Nota Rosa] Estamos acopiando alimentos  base no perecibles, así como carpas,tiendas de campaña y abrigo (ropa). 

Para la Región del Maule, particularmente en la ciudad de Talca y alrededores estamos privilegiando una acción para fortalecer la acción inmediata de organizaciones populares, sociales y políticas en que participan nuestros compañeros y compañeras en torno a la protección más urgente de los niños afectados por la catástrofe reuniendo Leche y pañales en esta primera etapa.
Si compartes esa lógica y esta orientación de la solidaridad entre los pueblos y entre nuestro pueblo, te invitamos a canalizar la solidaridad y la cooperación a través nuestro y de nuestras redes sociales y políticas.
Fraternalmente,

Esteban Silva Cuadra

Coordinación Nacional
Socialistas Allendistas-Frente Amplio
Lugar de Coordinación,  Recolección y acopio.
Ex sede del Comando de campaña presidencial de la izquierda chilena con Jorge Arrate.
Alameda 2224.Piso 3. Comuna de Santiago. Santiago de Chile.
CONTACTOS E INFORMACIONES:
Teléfono 562 6964671
Celular   Mirtha Alvarado. 56998246969
        sallendista@gmail.com
A través de estos medios de informaremos de la cuenta corriente bancaria para giros u sobre otros sistemas de envío de la solidaridad.
Foto tomada de La tribuna online

24/02/2010 GMT 1

Las bicentenarias luchas por la verdadera independencia de nuestra América: algunas lecciones de la historia

polillabaez @ 19:41
Por Luis Suárez Salazar

Si el político es un historiador
(no sólo en el sentido de que hace historia
sino en el sentido de
que operando en el presente interpreta el pasado),
el historiador es un
político y en ese sentido (…)
la historia es siempre
historia contemporánea, es decir la política.
Antonio Gramsci
Cuadernos de la Cárcel, 1931

luchas-libertarias-en-al.jpgEl 3 de agosto del 2006 se cumplió el 200 Aniversario del desembarco en Vela de Coro, República Bolivariana de Venezuela, de la expedición revolucionaria del Precursor Francisco de Miranda:[1] fecha que –a pesar de las “grandes insurrecciones populares del siglo XVIII”,[2] del martirio, en 1792, de Joaquim José da Silva Xavier (Tiradentes), del abortado complot “jacobino” encabezado por Manuel Gual y José María España (1797-1799), al igual que de la victoria de la Revolución Haitiana de 1790 a 1804[3]— podemos asumir, con todo rigor historiográfico, como la efemérides del inicio de las aún inconclusas luchas por la verdadera independencia de las naciones y los pueblos identificados por el propio Miranda y, casi un siglo después, por el Apóstol de la Independencia de Cuba, José Martí, con el apelativo de Nuestra América.[4]

Por ello, e inspirado en la palabras de Antonio Gramsci acerca de la función política de los historiadores y sobre la perenne contemporaneidad de la historia que aparecen en el exordio,[5] la ocasión me pareció propicia para realizar o retomar, según el caso,[6] algunas reflexiones sintéticas y seguramente incompletas acerca de las lecciones que han dejado esas bicentenarias gestas para los y las que desde los movimientos sociales y políticos, desde el periódico, la cátedra, las ciencias o las artes todavía continuamos luchando por lo que el comandante Ernesto Che Guevara llamó “la segunda, verdadera y definitiva independencia” de la región del ancho mundo subdesarrollado y dependiente que en la actualidad denominamos “América Latina y el Caribe”.

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En ese orden, y parafraseando al historiador ecuatoriano Manuel Medina Castro, lo primero que debemos recordar es que “la libertad” de las naciones continentales hispano y luso americanas (al igual que de la mayoría de las Antillas Mayores), tanto respecto al colonialismo francés (en el caso de Haití), como a los colonialismos ibéricos (España y Portugal), no le debe nada a los grupos dominantes en los Estados Unidos.[7] Más aún, puede afirmarse que, movidos por las persistentes ideas expansionistas de los Founding Fathers de esa “República pigmea”,[8] las “primeras independencias” de la casi totalidad de los actuales Estados latinoamericanos (con excepción de Panamá) se produjeron a pesar de la adversa actitud adoptada por sucesivos gobiernos de los Estados Unidos frente a esas “incompletas revoluciones burguesas”.[9]

El espacio disponible para estas reflexiones no me permite recrear todas las evidencias históricas disponibles; pero basta recordar la displicente actitud ante las primeras y exitosas luchas por la liberación nacional y social de Haití asumidas, a su turno, por los gobiernos de George Washington (1787-1797), John Adams (1797-1801) y Thomas Jefferson (1801-1809); quien –además de negarse a reconocer oficialmente a la primera “República negra” y antiesclavista del mundo— rechazó toda posibilidad de concederle ayuda estatal a la referida expedición liberadora organizada por Francisco de Miranda entre fines de 1805 y los primeros meses de 1806.[10]

Esa conducta se prolongó en la cínica política de “neutralidad” favorable a la perduración del colonialismo español en el entonces denominado “Nuevo Mundo” seguida por las sucesivas administraciones de James Madinson (1809-1817) y James Monroe (1817-1825). Esta última, luego de diversas actitudes hostiles frente a los independentistas hispanoamericanos,[11] sólo comenzó a reconocer la beligerancia de las fuerzas político-militares encabezadas por Simón Bolívar y José de San Martín, al igual que a los primeros Estados nacionales o multinacionales surgidos como fruto de sus heroicas contiendas, así como de las sui géneris emancipaciones de México, Centroamérica y Brasil cuando ya era más que evidente que las monarquías ibéricas no estaban en condiciones de retener sus correspondientes “posesiones” en la que, siguiendo a Miranda, el Libertador Simón Bolívar llamó “la América Meridional”.[12]

A su vez, el presidente norteamericano John Quincy Adams (1825-1829) y su célebre secretario de Estado, Henry Clay, se opusieron tajantemente a la idea de Bolívar y del primer presidente republicano de México, Vicente Guerrero, de organizar una expedición armada con vistas a independizar del colonialismo español a los archipiélagos de Cuba y Puerto Rico.[13] Así se expresó antes y durante el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826), en cuyas deliberaciones –adicionalmente— no participó ningún funcionario oficial estadounidense como expresión de su rechazo a los persistentes planes de El Libertador de formar una “federación [latino] americana”,[14] al igual que al Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua acordado en ese evento entre los delegados de la Gran Colombia, Perú, Centroamérica y México con el propósito de defender su soberanía e integridad territorial frente a las ya evidentes apetencias estadounidenses y ante los eventuales intentos por reconquistar sus antiguas colonias americanas que emprendieran España y Portugal con el apoyo de las demás monarquías europeas entonces integrantes de la Santa Alianza.

Esa actitud de los grupos dominantes de los Estados Unidos contraria a la necesaria unidad y a la total independencia política y económica de las naciones latinoamericanas y caribeñas se prolongó a lo largo de los siglos XIX. En efecto, a lo largo de esa centuria y movidos por los enunciados de la Doctrina Monroe, de sus primeros corolarios y del Destino Manifiesto, algunos de sus más conspicuos estadistas y personeros hicieron todo lo que estuvo a su alcance para apoderarse, al menos, de partes del territorio de algunos Estados latinoamericanos, para recolonizar a otros, así como para anexionarse a casi todas las Antillas Mayores: Cuba, Jamaica, La Española (Haití y República Dominicana) y Puerto Rico.[15]

Aunque en la totalidad de los casos esas últimas apetencias se vieron frustradas, nunca podremos olvidar, entre otros hechos, la descarada ingerencia oficial estadounidense en los conflictos y sucesivas guerras civiles que a partir de 1829 estremecieron a los actuales Estados nacionales inicialmente integrantes de la Gran Colombia (Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela) y de la Federación Centroamericana (Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua); las conspiraciones oficiales estadounidense contra la estabilidad política de México y la exitosa “guerra de rapiña” desatada contra ese país entre 1845-1848; el Tratado Clayton-Bulwer de 1850 (que, al margen de los gobiernos centroamericanos, reconoció las espurias “posesiones británicas” en esa región y la “legalidad” de construir conjuntamente un canal interoceánico a través de Nicaragua); las frustradas expediciones del filibustero estadounidense William Walker dirigidas a “recolonizar” y restablecer la esclavitud en ese último país (1858-1860); ni la actitud complaciente asumida por los gobiernos de Abraham Lincoln (1861-1865) y de su sucesor, Andrew Johnson (1865-1969), frente a la violenta ocupación francesa y la instauración de la monarquía de Maximiliano I (1862-1867) en territorio mexicano. Esta tuvo una de sus expresiones en la total negación de ayuda oficial estadounidense a las fuerzas patrióticas mexicanas encabezadas por Benito Juárez.[16]

Tampoco podemos olvidar la persistente pretensión del presidente yanqui Ulises Grant (1869-1877) de anexarse Santo Domingo; la frustrada intención del corrupto secretario de Estado estadounidense James Blaine de apoderarse militarmente de Perú cuando ese país se encontraba inmerso en la Segunda Guerra del Pacífico (1879-1883),[17] ni las descaradas intervenciones de los Estados Unidos contra las prolongadas luchas por la independencia de Cuba y Puerto Rico frente al colonialismo español. Mucho menos, la mal llamada “guerra hispano-norteamericana” (1898) que culminó con la recolonización de ese último archipiélago y con el establecimiento, hasta 1934, de un virtual protectorado sobre Cuba.[18]

Como se recordará esa “breve y barata” contienda fue antecedida por los múltiples empeños “diplomáticos”, político-militares y económicos-financieros dirigidos a convertir a diversos Estados “independientes” de América Latina en dependencias del entonces naciente imperialismo estadounidense. Entre ellos, diversas intervenciones militares y otras acciones coercitivas, así como la realización en 1889-90 de la Primera Conferencia Internacional de Estados Americanos: madre putativa del posteriormente llamado “panamericanismo”.[19] Fue, precisamente, en ese contexto que José Martí –luego de referir las deformidades de la mayor parte de las repúblicas latinoamericanas entonces existentes y las diversas tropelías perpetradas contra ellas por lo que indistintamente llamó “el Norte revuelto y brutal que nos desprecia” o “la Roma americana”— indicó:

Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinado a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder (…) para ajustar una liga contra Europa (…) De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. [20]

Pese a que esa conferencia –al igual que la Conferencia Monetaria Internacional también efectuada en Washington en 1891— no produjo los resultados apetecidos por importantes sectores de los círculos del poder norteamericanos (nuevamente representados por el corrupto secretario de Estado James Blaine), sin dudas, contribuyó a sentar algunas de las bases de la progresiva expansión política, diplomática, militar, económica e ideológica-cultural de los Estados Unidos sobre América Latina y el Caribe que se registró a lo largo del siglo XX. A tal grado que puede afirmarse que, en el transcurso de esa centuria, y especialmente después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la mayor parte de los Estados nacionales situados al sur del río Bravo y de la península de Florida (con excepción de Cuba, a partir de 1959) progresivamente se fueron convirtiendo en neo-colonias estadounidenses y, por tanto, en eslabones de la cadena de dominación de la oligarquía financiera de ese país sobre diversos países del mundo.[21]

Para garantizar esa situación, y sin ninguna excepción digna de crédito, los dieciséis mandatarios demócratas y republicanas que ocuparon la Casa Blanca entre 1901 y el año 2001 emprendieron solas o acompañadas por los representantes de los sectores más reaccionarios de las clases dominantes “criollas” incontables intervenciones político-militares, directas o “indirectas”, individuales o “colectivas” en América Latina y el Caribe. Igualmente, apoyaron a todas las dictaduras militares o cívico-militares, “tradicionales” o de “seguridad nacional”, que se entronizaron la mayoría de los Estados de esa región. A tal fin, mantuvieron “incestuosas relaciones” con las fuerzas militares latinoamericanas y caribeñas.[22]

Estas, al igual que el establishment de la política exterior y de seguridad de los Estados Unidos, sistemáticamente acudieron al “terrorismo de Estado” como método para preservar su sistema de dominación –hegemonía, acorazada con la fuerza— y contener o derrotar, según el caso, las multiformes luchas populares, por la democracia y la liberación nacional y social intrínsecas a la inconclusa dinámica entre la reforma, la contrarreforma, la revolución y la contrarrevolución que ha caracterizado (y todavía caracteriza) la historia de Nuestra América.[23] No tengo espacio para detenerme en ese asunto; pero vale la pena recordar las perennes estrategias contrarrevolucionarias y contrarreformistas de los grupos de poder norteamericanos, incluida la preservación de la impunidad de los autores intelectuales o materiales de los incontables crímenes cometidos contra los pueblos latinoamericanos y caribeños.[24]

También vale la pena remarcar que, desde el 2001 hasta la actualidad, esas multifacéticas estrategias contrarrevolucionarias y contrarreformistas han encontrado continuidad en las agresivas políticas contra América Latina y el Caribe emprendidas por la administración de George W. Bush; la que –siguiendo los pasos de sus antecesoras más inmediatas y en nombre de “la democracia”, del “libre comercio” y de mal llamada “guerra contra el terrorismo de alcance global”— continúa tratando de derrotar (roll back) a las revoluciones cubana y bolivariana, de evitar la “refundación de Bolivia” impulsada por el actual presidente Evo Morales, así como de instaurar –donde lo han entendido “necesario”, a sangre y fuego (como ocurre en Colombia)— la pax estadounidense como condición ineludible para la institucionalización de “un nuevo orden panamericano” funcional a sus apetencias de dominación en todo el mundo.[25] Esas y otras prácticas validan la vigencia del temprano acierto de Simón Bolívar: “…los Estados Unidos (…) parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad”.[26]

2

Hasta ahora, y entre otros factores que veremos después, ese “destino” ha podido cumplirse gracias a la anuencia o complicidad de las principales potencias capitalistas de Europa Occidental; en particular, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, de Francia y de Holanda. A causa de la “cooperación antagónica” que casi siempre ha gobernado las relaciones entre esas potencias capitalistas,[27] ninguna de ella mantuvo (ni mantiene) una actitud favorable a la verdadera independencia de América Latina y del Caribe. Ni siquiera en los momentos en que, a comienzos del siglo XIX, por sus propios intereses expansionistas y en contraste con las actitudes revanchistas asumidas por Napoleón Bonaparte y por los regimenes de la restauración en Francia, diversos estadistas y representantes oficiales del Gran Imperio Británico expresaron sus simpatías hacia la independencia de la América Meridional frente a las decadentes monarquías española y portuguesa.

Así se demostró en la vacilante y a la postre negativa conducta asumida por varios primeros ministros británicos (el joven William Pitt, Henry Addington y Lord Castlereagh) frente a los diferentes planes independentistas que les presentó Francisco de Miranda tanto antes, como inmediatamente después de su desembarco en Vela de Coro.[28] Igualmente, en su respaldo a la monarquía portuguesa instalada en Brasil entre 1808 y 1821; en las acciones inglesas contra el territorio y los líderes independentistas más radicales (Moreno, Artigas) que actuaron en las inicialmente denominadas Provincias Unidas del Río de la Plata; y en la “ayuda” condicionada e interesada que algunas autoridades político-militares y financistas ingleses le brindaron, a partir de 1816, a Simón Bolívar, a José de San Martín y a otros líderes independentistas hispanoamericanos.

Evidencias de esa conducta fueron las sibilinas presiones británicas a favor de la instauración de monarquías constitucionales en México, Centroamérica y Suramérica, así como los onerosos créditos otorgados a las huestes independentistas. A pesar de su necesidad inmediata, en el mediano y largo plazo esas abultadas “deudas por la independencia” favorecieron la creciente dependencia política, militar, ideológica y económica –comercial, financiera e inversionista— respecto al Reino Unido que padecieron la mayor parte de los Estados de América Latina durante casi todo el siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX.

Para preservar esa privilegiada posición, la monarquía constitucional británica –además de impulsar decididamente asimétricos acuerdos de “libre comercio” con diversos gobiernos latinoamericanos, de apoderarse de importantes recursos naturales del continente y de sumarse a las diversas acciones de las potencias europeas dirigidas a cobrar sus “acreencias” de manera compulsiva— se empeñó en la defensa de sus “posesiones” en la mal llamada West Indies; impulsó por todos los medios a su alcance sus espurios intereses geoestratégicos en Centroamérica; conspiró contra los más consecuentes líderes liberales unionistas de esa región (en especial, contra Francisco Morazán);[29] cohonestó la “guerra de rapiña” de Estados Unidos contra México; aceptó el ya mencionado Tratado Clayton-Bulwer de 1850; fundó –a expensas del territorio de Guatemala— la llamada “Honduras Británica” (actualmente Belice) y emprendió la constante expansión territorial de la “Guayana británica” (actualmente, República Cooperativa de Guyana) a costa de Venezuela. Tal despojo fue “santificado” por la Casa Blanca a fines del siglo XIX.

Paralelamente, las autoridades británicas se apoderaron ilegalmente de la islas Malvinas (pertenecientes a Argentina) y convirtieron a Bolivia, Perú, Ecuador, Chile, Argentina (después de la derrota de la “dictadura de Rosas”), Uruguay y Brasil en virtuales “colonias económicas”. Pese a algunas contradicciones, lo antes dicho explica el apoyo del Foreing Office al expansionista y reaccionario Imperio “independiente” instaurado en ese último país entre 1822 y 1889. También su disimulada tolerancia frente a la prolongada persistencia de la esclavitud (perduró hasta 1888) y su indeclinable respaldo al “orden oligárquico” instaurado en el llamado “gigante de los trópicos” desde de la proclamación de la Velha República (1891) hasta la sublevación cívico-militar que, en 1930, llevó a la presidencia a Getúlio Vargas.[30]

En consecuencia, las autoridades inglesas se implicaron en las destructivas guerras fratricidas que sacudieron a Suramérica a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Entre ellas, la “guerra del Acre” emprendida por Brasil contra Bolivia en 1903 y la sangrienta Guerra del Chaco que enfrentó a Bolivia con Paraguay entre 1932-1936, así como las que, en el siglo anterior, se habían producido entre el Imperio brasileño y la oligarquía bonaerense por el control de la Banda Oriental del Río de la Plata (Uruguay); entre Chile, Perú y Bolivia durante la Primera y la Segunda Guerras del Pacífico, al igual que entre Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay en el lustro 1865-1870. Como ha indicado Eduardo Galeano, “triple infamia” –estimulada y financiada por los ingleses— que terminó con el desmembramiento del único Estado suramericano donde “no mandaban los terratenientes, ni los mercaderes”, así como con la muerte de más de 1 100 000 paraguayos y paraguayas; entre ellos y ellas, niños y niñas y su aguerrido y presuntamente “enloquecido” presidente Francisco Solano López (1862-1870).[31]

Luego de ese genocidio, y en nombre de “la civilización occidental y cristiana”, los círculos de poder británicos también contribuyeron con los gobiernos oligárquicos de Argentina y Chile al aniquilamiento de los pueblos originarios (los tupiguaraníes y los mapuches) de esa zona, al violento derrocamiento del gobierno democrático-burgués y nacionalista de José Manuel Balmaceda en Chile (1891) y, unos pocos años después, aceptaron de manera tácita o expresa, según el caso, la “legalidad” de la Doctrina Monroe, así como de la ocupación estadounidense de Cuba y Puerto Rico. Tales actos fueron seguidos por el llamado Tratado Hay-Pauncefote de 1901, el que –al redistribuir las “esferas de influencia” de los imperialismos anglosajones en “las Américas”— abrió las puertas a la secesión de Panamá organizada meticulosamente por el célebre mandatario estadounidense Theodore Roosevelt (1901-1909).[32]

Igualmente, a las múltiples intervenciones político-militares perpetradas, entre 1904 y 1934, por él y sus sucesores republicanos o demócratas (incluidos el “idealista” Woodrow Wilson y el “buen vecino” Franklin Delano Roosevelt) en diversos países de Centroamérica, en Cuba, República Dominicana y Haití, al igual que en Colombia, Venezuela y México. En este último caso, antes y durante la Revolución Mexicana de 1910 a 1917; justamente considerada por el historiador alemán Manfred Kossok como la “primera revolución democrático-burguesa exitosa de América Latina”.[33]

Por ello no fueron excéntricas a la proyección externa del todavía poderoso imperialismo británico la actitud pusilánime asumida frente a la decisión estadounidense de agredir a las fuerzas socio-políticas y político-militares más revolucionarias (entre ellas, las encabezadas por Emiliano Zapata y Pacho Villa) y desconocer a los gobiernos constitucionalistas mexicanos formalmente instaurados después de la promulgación de la Constitución de 1917. Tampoco las diversas acciones emprendidas por la oligarquía financiera y los poderosos pulpos petroleros anglo-holandeses, así como por sus representantes político-estatales dirigidas a derrotar la profundización de esa revolución que se produjo durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas (1934-1940). Ni que –a partir de esos años— sucesivos gobiernos británicos guardaran un silencio cómplice frente a la represión desatada por las autoridades coloniales norteamericanas contra las fuerzas independentistas portorriqueñas encabezadas –desde comienzos de la década de 1920— por Pedro Albizu Campos (1893-1965).

De manera simultánea, la Oficina de Colonias británicas fortaleció sus brutales métodos represivos contra los primeros brotes populares e independentistas que se produjeron en el llamado “Caribe angloparlante”. En consecuencia, y a pesar de la cadena de “descolonizaciones negociadas” que se produjeron en esa zona en las décadas de 1960, 1970 y 1980, aún hoy se mantiene el dominio colonial británico sobre Anguila, Islas Vírgenes, Islas Caimán, Islas Turcas y Caicos, así como sobre Montserrat.[34] En el ínterin, el establishment político-militar británico participó, junto a sus contrapartes estadounidenses, en el derrocamiento de diversos gobiernos constitucionales, populares y nacionalistas latinoamericanos; entre ellos, el encabezado en Bolivia por el martirizado presidente Gualberto Villarroel (1943-1946); en Paraguay por Federico Chávez Careaga (1949-1954) y en Argentina por Juan Domingo Perón (1946 y 1955).

De esto último se desprende que –siguiendo los enunciados de la “guerra fría”— las autoridades británicas también cohonestaron la cadena de dictaduras militares o cívico-militares –incluidos los regimenes se seguridad nacional— que se instalaron en América Latina y el Caribe (en primer lugar, en la República Dominicana y Haití) entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la década de 1990. En consecuencia, los círculos oficiales ingleses también auparon –tanto o más que la Casa Blanca— a las diversas “democracias represivas” instaladas en ese continente desde la última década del siglo XX hasta la actualidad.

Ahora no tengo espacio para referirme a las políticas entreguistas y los crímenes de cada uno de esos gobiernos; pero quiero resaltar que las intermitentes contradicciones que en algunos temas de la agenda hemisférica se produjeron en esos años y en los anteriores entre los sucesivos gobiernos de Estados Unidos y del Reino Unido, nunca nos pueden hacer olvidar las “relaciones especiales” históricamente forjadas entre ambas potencias imperialistas. Tampoco la ya mencionada “cooperación antagónica” que, en muchas ocasiones históricas, gobernó las relaciones entre estas y las monarquías o las repúblicas imperiales francesas. Por consiguiente, a pesar de sus diferencias, la ya descrita actitud de los imperialismos anglosajones contra la unidad y a la genuina independencia latinoamericana y caribeña también fue seguida por los grupos dominantes en Francia en cada momento histórico específico. Así, los frustrados intentos de Napoleón Bonaparte de recolonizar Haití (paralelos al fortalecimiento de su dominación colonial y al restablecimiento de la esclavitud en Martinica y Guadalupe), de una u otra forma, fueron seguidos, a partir de 1815, por los gobiernos surgidos de “la segunda Restauración” y en particular por la monarquía de Luis XVIII. Esta se destacó por diversas iniciativas dirigidas a lograr que el Concierto Europeo –y, en particular, la Santa Alianza— respaldara las intenciones de la decadente monarquía española de reconquistar sus “posesiones” en el Nuevo Mundo.

Aunque nunca se emprendieron acciones al respecto en razón de la oposición de la “dueña de los mares” (Inglaterra), la “Monarquía de Julio” (encabezada por Luis Felipe I) y sus sucesores perpetraron diversas acciones agresivas contra varios Estados latinoamericanos. Entre ellas, el bloqueo de los puertos de Veracruz y Buenos Aires, así como la intervención militar en Uruguay entre 1838 y 1840; la ilegal intervención armada anglo-francesa contra la Confederación Argentina entre 1845 y 1850; las agresiones contra el gobierno republicano ecuatoriano entre 1852 y 1853; y la ya referida ocupación militar de México entre 1862 y 1867: acción con la que Napoleón III –con el apoyo del Vaticano—pretendía iniciar la creación de “un imperio católico-latino” que extendiera sus límites e influencias desde México a Brasil, incluido el istmo centroamericano, las Antillas mayores, Ecuador, Perú y Bolivia.[35] Como ya vimos, si tal empeño no prosperó, fue básicamente por la heroica resistencia de las fuerzas patrióticas mexicanas encabezadas por Benito Juárez.

Sin embargo, hasta 1898, la III República francesa hizo todo lo que estuvo a su alcance por respaldar el dominio colonial español sobre Cuba y Puerto Rico; hostilizó constantemente a Haití y mantuvo un silencio cómplice tanto frente a las acciones de otras potencias europeas (incluidas Inglaterra, Italia y Alemania) dirigidas a cobrar de manera compulsiva los créditos que les habían otorgado a algunos gobiernos latinoamericanos, como respecto a la ya referida política expansionista desplegada por los grupos dominantes en Estados Unidos hacia diversos Estados del ahora denominado Gran Caribe. A cambio de esa complicidad –expresada de manera bochornosa durante las diversas agresiones y la prolongada ocupación militar norteamericana de Haití (1915-1934)— el imperialismo galo logró mantener su dominio colonial sobre Martinica, Guadalupe y Cayena; situación que –a pesar de los cambios institucionales emprendidos por el gobierno de la izquierda francesa instalado en los comienzos de la IV República— pervive hasta la actualidad.

Lo antes dicho –al igual que el ya mencionado dominio estadounidense sobre Puerto Rico, el control británico sobre varias islas del Caribe, así como de la monarquía constitucional de La Haya sobre las llamadas “Antillas holandesas”— ha convertido al Mar Caribe en la única zona del mundo subdesarrollado donde aún perduran diversos regímenes coloniales. Tal situación ha sido acompañada por la tácita aceptación de los círculos dominantes en el Reino Unido, Francia y Holanda de que la llamada Cuenca del Caribe, al igual que otras regiones de América Latina forman parte intrínseca de las “esferas de influencia” del imperialismo estadounidense. En consecuencias, esas y otras potencias imperialistas europeas aceptaron, cohonestaron o participaron, según el caso, en la ya referida cadena de intervenciones político-militares, directas o indirectas perpetradas por el establishment político-militar norteamericano en la que todavía consideran su “patio trasero” o su “tercera frontera”.

A cambio, los grupos dominantes en Estados Unidos participaron activamente en la mediatización del aún incompleto proceso de “descolonización negociada” emprendido en esa zona por parte de Francia, Holanda y Gran Bretaña. Y, en aquello casos en que las fuerzas reformadoras o revolucionarias desafiaron el “orden” colonial o postcolonial, intervinieron de manera directa o indirecta para frustrar cualquier genuino proyecto de liberación nacional y social. Muestras de esa conducta fueron, entre otras, las intervenciones anglo-estadounidense en Guyana (1953 y 1964); el virtual golpe de Estado emprendido en Jamaica (1980) por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos contra la administración del socialdemócrata Michael Manley; el “bajo perfil” de la reacción británica frente a la brutal intervención militar estadounidense en la pequeña isla de Granada (1983); la complicidad de los círculos de poder franceses con la brutalidad de los métodos represivos aplicados por la célebre dinastía de los Duvaliers (Papa Doc y Baby Doc) y por la dictadura militar que derrocó al primer gobierno constitucional de Jean Bertrand-Aristide. Asimismo, con las intervenciones militares perpetradas por Estados Unidos en 1994 y en el 2004. En este último caso, con vistas a derrocar al segundo gobierno constitucional de Jean Bertrand-Aristide.

Previamente, la Monarquía constitucional holandesa había emprendido diversas acciones conjuntas con el establishment político-militar estadounidense con el propósito de derrotar los desafíos que, a partir de 1980, le planteó al orden poscolonial existente en Surinam el movimiento militar encabezado por el teniente coronel Désiré (“Desi”) Bouterse; cuyos ímpetus reformadores y nacionalistas paulatinamente fueron neutralizados a fines de esa década. Años más tarde –como parte de esa colaboración ínter imperialista y con el pretexto de la lucha contra el “narcoterrorismo”—, el gobierno de La Haya autorizó la presencia de bases militares norteamericanas en el territorio de Aruba y Curazao; dispositivos que –unidos al protuberante despliegue militar estadounidense en el Gran Caribe y en algunas regiones de América del Sur— amenazan la soberanía y la genuina independencia de diversos Estados latinoamericanos y caribeños; en particular de aquellos que, como es el caso de la República Bolivariana de Venezuela, han emprendido procesos de cambios favorables a los intereses nacionales y populares.

3

A todo lo antes dicho evidentemente contribuyó la sucesiva frustración del proyecto unitario colombiano-hispanoamericano de Francisco de Miranda, de la “federación [hispano-luso] americana” impulsada desde 1815 por Simón Bolívar, de la Patria Grande defendida por José Gervasio Artigas y, en menor medida, por José de San Martín, de la Federación Centroamericana capitaneada por su martirizado paladín, Francisco Morazán, y de la unidad de los pueblos y los Estados latinoamericanos (incluido Haití y República Dominicana) impulsada, a fines del siglo XIX, por José Martí como respuesta al creciente expansionismo estadounidense y al entonces naciente “panamericanismo”.[36]

En consecuencia, desgraciadamente, todavía persistente la terrible “balcanización” de América Latina y el Caribe que se inició, en la segunda década del siglo XIX, con la desarticulación de las Provincias Unidas del Río de La Plata (1820), con la separación de Centroamérica de México (1823), con el fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá (1926) y del “famélico Congreso” de Tacubaya (1928), con la disolución de “las comunidades [andinas] más directamente vinculadas a la revolución [gran]colombiana encabezada por Simón Bolívar”,[37] con la desaparición de la Gran Colombia (1830) y, posteriormente, de la fugaz Confederación Perú-boliviana (1936-1939) impulsada Andrés Santa Cruz, al igual que de la Federación Centroamericana presidida, entre 1830-1840, por Francisco Morazán.

Sin dudas –como bien se ha afirmado— en todo ese proceso disgregador tuvo una influencia significativa la derrota político-militar de los más radicales, unionistas y democráticos líderes independentistas (Miranda, Hidalgo, Morelos, Moreno, Artigas, Bolívar, Sucre, Morazán); la incapacidad de las “burguesías liberales que dirigieron o apoyaron los movimientos de independencia” para organizar “sistemas de poder capaces de sustituir a la antigua metrópoli” y el “localismo político” derivado de la “ausencia de vínculos económicos más significativos”.[38] Pero a esos factores hay que agregar el ya mencionado “carácter incompleto” de la revolución independentista-burguesa de América Latina y el consiguiente predominio de aquellos sectores de la “burguesía comercial y feudal”, de la aristocracia criolla y de los grupos rurales tradicionales sólo interesados en una “emancipación política nacional” carente de las “emancipaciones sociales” y las transformaciones político-democráticas que demandaban todos los recién surgidos Estados nacionales o multinacionales.

En consecuencia, el escenario político poscolonial estuvo dominado (al menos, hasta la primera mitad del siglo XIX) por regimenes conservadores que –luego de anular la mayor parte de las conquistas populares de la independencia— sustentaron su poder en una estrecha alianza político-militar con los sectores más reaccionarios de las clases dominantes locales y de la Iglesia católica; en un brutal régimen de explotación y opresión de amplios sectores populares (en primer lugar, las masas indígenas y campesinas, los “negros y pardos libres” y los inmensos contingentes de esclavos de origen africano o asiático que subsistieron en diversos países hasta bien entrado el siglo XIX), así como en su creciente subordinación política, económica e ideológico-cultural hacia las principales potencias capitalistas, especialmente –como ya vimos— hacia Gran Bretaña, primero, y hacia los Estados Unidos, después.

Por tanto, a esos sectores de las clases dominante no les interesaba reverdecer los objetivos unitarios o federalistas que habían animado a los más consecuentes Próceres de la “primera independencia”. De ahí el fracaso del Primer Congreso de Lima (1847-1848); del Congreso Continental celebrado en Santiago de Chile en septiembre de 1856 y del Segundo Congreso de Lima efectuado entre el 14 de noviembre de 1864 y el 13 de marzo de 1865. En este último –ante las amenazas externas a la independencia política de algunos países del continente (en particular, México) y las agresiones españolas contra Perú y Chile— se replantearon las bases para un tratado de confederación hispanoamericana; pero –al igual que los eventos anteriores, incluido el Congreso Anfictiónico de Panamá— sus acuerdos nunca fueron ratificados, ni siquiera por los gobiernos de Perú, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia; Venezuela, El Salvador y Guatemala, cuyos representantes habían participado en sus deliberaciones.

Esa situación no pudo superarse durante el “período de las reformas liberales” que se produjeron en casi todos los países de América Latina en la segunda mitad del Siglo XIX.[39] Como se ha indicado, en esa etapa y ante su creciente temor frente al ascenso socio-político de diversos sectores populares, comenzó a demostrarse “la incapacidad de la burguesía latinoamericana” para “cumplir en su totalidad su misión histórica”.[40] Mucho más porque en algunos países dichas “reformas” fueron emprendidas por gobiernos dictatoriales o autoritarios interesados –al igual que los regimenes conservadores precedentes— en “abrir” la economía de sus países a la penetración de los monopolios ingleses, franceses o estadounidenses. Estos últimos –como ya vimos— nunca estuvieron interesados en el desarrollo de potentes “capitalismos nacionales” que pudieran poner en peligro sus afanes de dominación hemisférica. Mucho menos, en la unidad de América Latina y del Caribe.

De ahí, las múltiples y ya referidas acciones políticas, diplomáticas, militares, económicas e ideológico-culturales emprendidas por “el joven imperialismo” norteamericano con el propósito de subordinar totalmente a sus intereses geopolíticos y geoeconómicos a las naciones antillanas todavía colonizadas (Cuba y Puerto Rico) y a los Estados-nacionales “semi-independientes” que entonces existían en el continente.[41] Como ya vimos, esas acciones llevaron a José Martí a proclamar la necesidad de luchar por “la segunda independencia” de Nuestra América, así como a acelerar sus emprendimientos político-militares dirigidos “a impedir con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.[42]

Lamentablemente, esos aldabonazos martianos no fueron escuchados por la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos y antillanos; los que –salvo excepciones que confirman la regla (como la del antiimperialista mandatario liberal ecuatoriano Eloy Alfaro)— en el último lustro del siglo XIX y traicionando el legado mirandino-bolivariano no emprendieron significativas y consistentes acciones solidarias con las luchas independentistas cubano-portorriqueñas. Esto – junto a la caída en combate de José Martí (1895) y del radical general mulato cubano Antonio Maceo (1896), así como a la muerte del Precursor de las luchas por la independencia de Puerto Rico, Ramón Emeterio Betances (1898)— facilitó el ya mencionado desenlace de la mal llamada “guerra hispano-norteamericana” (1898) y todas las tropelías emprendidas en el continente por los grupos dominantes en Estados Unidos en los siete lustros posteriores.

Aunque después de la Revolución Mexicana de 1910 a 1917 y del triunfo en Rusia en Octubre de 1917 de la primera Revolución socialista del mundo esas tropelías encontraron multiformes y crecientes resistencias populares –incluidas las de la naciente clase obrera, de diversos sectores urbanos (en particular, las llamadas “clases medias”) y rurales (incluido el movimiento indígena y campesino)—, al igual que el rechazo de algunos gobiernos reformistas (Argentina, y Uruguay) o revolucionarios (México) de la época, sin dudas esas resistencias no fueron suficientes para evitar la progresiva consolidación del sistema de dominación establecido por Estados Unidos sobre el mal llamado “hemisferio occidental”, noción ideológica que también incluye a Canadá.[43]

Mucho menos, para superar la ya referida “balcanización” del continente; ni la corrosiva desunión de los principales destacamentos populares causada por los errores estratégicos y tácticos del entonces naciente Movimiento Comunista Internacional y por los simultáneos desatinos y traiciones de las principales organizaciones de la “izquierda no comunista”, incluidos la mayor parte de los partidos socialistas surgidos a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el Partido Radical de Argentina y la llamada Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) fundada en México, en 1924, por el peruano Víctor Raúl Haya de Torre.[44]

En esto último influyó decisivamente la incapacidad de las “clases medias” y de las “burguesías nacionales” (surgidas al calor de la sustitución de importaciones) y de sus principales representantes político-militares para superar su cada vez más generalizada, profunda y multidimensional dependencia hacia el imperialismo norteamericano. A pesar de los grandes cambios sociopolíticos que se produjeron en América Latina y el Caribe en las décadas de 1920 y 1930 y del “nacionalismo económico” que caracterizó la acción de diversos gobiernos (México, Bolivia, Brasil, Colombia) durante o inmediatamente después de la Gran Depresión (1929-1934), esa situación se profundizó en los años posteriores y, especialmente, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), así como en la primeros lustros de la llamada Guerra Fría (1947-1989).

En estos últimos años –a pesar de algunas resistencias de sucesivos gobiernos argentinos (particularmente, el encabezado a partir de 1946 por Juan Domingo Perón)— los grupos dominantes en los Estados Unidos, aliados con los sectores hegemónicos de las clases dominantes latinoamericanas, lograron institucionalizar el “neo-panamericanismo” estructurado política, militar y diplomáticamente alrededor de la Junta Interamericana de Defensa (JID), del Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR) y de la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA).[45] No obstante la concesiones que en esa carta se realizaron a algunas tradicionales demandas latinoamericanas (como la igualdad jurídica de los Estados y la no intervención en los asuntos internos de los países del continente), la eficacia de esos pactos para mantener la división y la subordinación de América Latina a los Estados Unidos se puso rápidamente de manifiesto; en particular después de la mediatización de la Revolución Boliviana de 1952, de la agresión norteamericana contra el gobierno nacionalista, popular y democrático de Jacobo Arbenz en Guatemala (1954) y del derrocamiento, en 1955, mediante un brutal golpe de Estado respaldado por los imperialismos anglosajones, del gobierno “populista” de Juan Domingo Perón en Argentina.

En esos y en otros casos, la OEA respaldó las agresiones estadounidenses y “santificó” a las dictaduras militares que se fortalecieron (como las encabezadas por Rafael Leónidas Trujillo y por los Somoza en República Dominicana y Nicaragua respectivamente) o se instalaron en el continente en nombre de la “lucha contra los agentes del comunismo internacional”, cuales fueron los casos de Gustavo Rojas Pinilla en Colombia, de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, de Fulgencio Batista en Cuba, de Carlos Castillo Armas en Guatemala y de Alfredo Stroessner en Paraguay. Así se demostró en la primera Cumbre Panamericana convocada por el mandatario republicano estadounidense Dwight Einsenhower (1953-1961) y efectuada en Panamá con el cínico pretexto de celebrar el 150 Aniversario del Congreso Anfictiónico de Panamá. En consecuencia, la OEA comenzó a ser justamente calificada como “el Ministerio de Colonias de los Estados Unidos”.

4

Sin embargo, esas y otras maniobras imperialistas no pudieron impedir que el resurgimiento de una nuevos procesos reformadores y revolucionarios a lo largo y ancho de América Latina y el Caribe. Sin negar la importancia de otros acontecimientos –como el auge de la luchas anticoloniales en diversos territorios del “Caribe angloparlante”, el derrocamiento de las dictaduras de Lozano Díaz (en Honduras), de Rojas Pinillas (en Colombia), de Manuel Odría (en Perú) y de Pérez Jiménez (en Venezuela), así como el formidable desempeño electoral de Frente Revolucionario de Acción Popular (FRAP), encabezado por primera vez por Salvador Allende (en Chile)—, esa nueva “ola revolucionaria” tuvo su cúspide en el triunfo de la Revolución Cubana del primero de enero de 1959.

Contrariando las estrategias y la tácticas defendidas por el movimiento comunista latinoamericano y las claudicantes práctica de la “izquierda democrática” (entre ellas, las del Partido Acción Democrática de Venezuela, del APRA, del Partido Revolucionario Institucional de México y del Partido Liberación Nacional de Costa Rica), por primera vez en la historia latinoamericana y caribeña un pueblo unido y armado, bajo la dirección de una vanguardia político-militar, mediante el ascendente desarrollo de la lucha armada guerrillera rural como forma fundamental aunque no única de lucha, destruyó la columna vertebral del Estado burgués pro-imperialista (el Ejército), realizó una revolución política y, en medio de su frontal enfrentamiento con el imperialismo norteamericano, solucionó en un proceso permanente y sin etapas, así como en un espiral continuo entre “las reformas” y “la revolución”, las tareas agrarias, democráticas, nacionales y antiimperialistas, y emprendió la construcción del socialismo.

Condición imprescindible para esos avances fue la consolidación y defensa del poder político, el radical cambio de carácter de clase del Estado, la progresiva unidad de las diferentes organizaciones revolucionarias cubanas (el Movimiento 26 de Julio, el Partido Socialista Popular –comunista— y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo), al igual que la decisión del liderazgo político del país –encabezado entonces, como hoy por Fidel Castro— de entregar las armas al pueblo con vistas a enfrentar las sistemáticas agresiones de Estados Unidos y sus más estrechos aliados latinoamericanos. Sin dudas, la sistemática derrota de esas agresiones (entre ellas, la invasión mercenaria de Playo Girón en abril de 1961) abrió un nuevo y prolongado ciclo de multiformes luchas populares, democráticas, antimperialistas, así como por la genuina liberación nacional y social en América Latina y el Caribe.

Expresiones de esa reverdecida dinámica entre la reforma, la contrarreforma, la revolución y la contrarrevolución fueron los avances obtenidos en la descolonización más o menos negociada del Caribe angloparlante; el surgimiento en la década de 1960 de diversas organizaciones político-militares en Perú, Venezuela, Nicaragua, Guatemala, Colombia, México, Uruguay y Bolivia; la gesta internacionalista del comandante Ernesto Che Guevara en este último país (1967); los movimientos militares nacionalistas que sacudieron a Perú, Panamá, Bolivia y Ecuador a lo largo de la década de 1970; las transitorias victorias electorales de la Unidad Popular en Chile (1970) y del Partido Nacional del Pueblo (PNP) en Jamaica (1972); la potente insurgencia popular que se produjo en Argentina (antes e inmediatamente después del retorno y muerte de Juan Domingo Perón y del criminal golpe de Estado de 1976), Colombia, El Salvador y Guatemala, así como –sobre todo— las sucesivas victorias de la Revolución Granadina y de la Revolución Sandinista en marzo y julio de 1979, respectivamente. Según el conocido intelectual estadounidense James Petras, esta último fue el umbral de la “segunda ola revolucionaria” que sacudió el continente en el siglo XX.[46]

Cualquiera que sea el juicio que merezca esa afirmación, lo cierto fue que –con independencia de las genuinas singularidades de cada una de ellas— las revoluciones populares, democráticas y antiimperialistas de Granada y Nicaragua parecían demostrar –como había indicado el comandante Ernesto Che Guevara mucho antes de su heroica caída en Bolivia (9 de octubre de 1967)— que la Revolución cubana no era “una excepción histórica”, sino “la vanguardia” de las luchas “anticolonialistas” y por el socialismo en América Latina y el Caribe.[47] Sin embargo –al igual que ya había ocurrido en Chile, donde la Unidad Popular no pudo resolver los principales problemas político-militares que acompañan a toda revolución; entre ellos, la unidad del sujeto político y de las fuerzas populares, así como la defensa armada del poder político—, los serios errores cometidos por las vanguardias políticas granadina y nicaragüense determinaron la derrota de ambos procesos revolucionarios.

En el caso de Granada como fruto de las graves divisiones dentro del Partido Nueva Joya que condujeron al cobarde asesinato del Primer Ministro Maurice Bishop por parte de algunos de sus “radicalizados” compañeros de lucha y a la brutal invasión militar norteamericana de noviembre de 1983. Y, en lo que atañe a Nicaragua, a causa de diferentes errores políticos cometidos por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Entre ellos, la convocatoria adelantada de elecciones generales sin que realmente hubiese concluido la “guerra sucia” desatada por la administración de Ronald Reagan (1981-1989) y sin adoptar las decisiones que impidieran la ingerencia directa del gobierno, los servicios especiales y llamada Fundación Nacional por la Democracia (NED, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos en el aciago proceso electoral de febrero de 1990. Asimismo, sin realizar un acertado cálculo del alto costo político que ya estaba produciendo en sus bases populares algunas de las medidas económicas aplicadas y la corrupción político-administrativa presente en ciertas instancias del FSLN.

Merece consignar que ambos elementos también se habían puesto de manifiesto en la progresiva erosión y la posterior derrota de los procesos populares, reformadores y nacionalistas liderados, entre 1968 y 1975, por el general Juan Velasco Alvarado en Perú y, entre 1968 y 1981, por el general Omar Torrijos en Panamá. En el primero de esos casos, lo dicho se exteriorizó con toda fuerza durante el gobierno del general Francisco Morales Bermúdez (1975-1980) y, en el segundo, durante la etapa (1983-1989) en que el general Manuel Antonio Noriega se transformó “en el hombre fuerte” de ese país. En esos años, la corrupción de importantes jefes de las Fuerzas de Defensa de ese país y de algunos de los dirigentes de los partidos y movimientos políticos que respaldaban ese proceso, facilitó la brutal intervención militar norteamericana de diciembre de 1989 y la progresiva desmovilización de los inermes sectores populares interesados en defender las principales conquistas populares y nacionales de lo que quedaba del “torrijismo”.[48]

No obstante –y a pesar de la simultánea desaparición de los “falsos socialismos europeos”— todos esos dolorosos acontecimientos reiteraron la importancia de que los líderes y movimientos políticos interesados en conducir sus correspondientes procesos revolucionarios garantizaran la consolidación del tríptico “unidad, pueblo y armas” como condición imprescindible para alcanzar y mantener el poder político. También resaltaron la necesidad de recuperar y enriquecer el legado latinoamericanista bolivariano y martiano, al igual que la solidaridad antiimperialista para enfrentar la violenta ofensiva contrarrevolucionaria y contrarreformista emprendida por los grupos dominantes y el establishment político-militar norteamericano, así como por los representantes político-militares de los cada vez más desnacionalizados sectores hegemónicos de las clases dominantes latinoamericanas y caribeñas.[49]

En consecuencia, como desde su fundación en 1990 hasta la actualidad ha reconocido el llamado Foro de Sao Paolo (integrado por una pléyade de partidos y movimientos políticos de izquierda),[50] nuevamente se puso en la orden del día la importancia de los vínculos de solidaridad reciproca entre todas las fuerzas socio-políticas –en primer lugar, las fuerzas populares y los “nuevos” y “viejos” movimientos sociales— interesadas en producir modificaciones más o menos radicales en las sociedades latinoamericanas y caribeñas, así como en “reformar” o subvertir sus fortalecidos y multifacéticos vínculos de subordinación con Estados Unidos y otras potencias imperialistas. Tal y como habían demostrado en la década de 1970 los artífices más consecuentes de la llamada “teoría de la dependencia”, esto último resultaba (y resulta) imprescindible para garantizar la verdadera independencia política y económica de América Latina y el Caribe, así como para romper el círculo vicioso “del desarrollo del subdesarrollo” en esa y otras regiones del todavía llamado Tercer Mundo.

Sobre todo, en momentos –como los actuales— en que la oligarquía tecnotrónica y financiera cada vez más transnacionalizada y las principales potencias imperialistas, capitaneadas por los Estados Unidos, despliegan una multifacética y violenta ofensiva contrarrevolucionaria y contrarreformista –neoliberal en lo económico-social y neoconservadora en lo político e ideológico-cultural— contra las naciones en “vías de subdesarrollo”; y, en particular, contra aquellos Estados y gobiernos que –haciendo uso de su derecho a la soberanía y la autodeterminación— impulsan proyectos populares y nacionales, internos y externos, dirigidos a subvertir el fortalecido sistema de dominación instaurado a partir de la década de 1990.

Como ya indicamos, en lo que corresponde a Nuestra América, esa “ola contrarrevolucionaria y contrarreformista” se expresó (y aún se expresa) en las pretensiones de las administraciones de George Bush (1989-1993), de William Clinton (1993-2001) y de George W. Bush (2001-…) de instaurar un “nuevo orden panamericano” que garantice –en las palabras de los neomonroistas redactores de los llamados Documentos de Santa Fe—que el Nuevo Mundo (América Latina y el Caribe) continúe siendo “el escudo y la espada para la proyección del poder global de Estados Unidos en todo el mundo”.[51]

5

Esa bicentenaria lógica imperial, junto a las ya referidas debilidades y claudicaciones de las clases dominantes latinoamericanas y caribeñas –incluidas las cada vez más inexistentes “burguesías nacionales”— y de sus representantes políticos (incluida la “izquierda democrática”) e intelectuales en cada etapa, han comprometido seriamente las posibilidades de avanzar de manera consistente en ninguno de los proyectos de “cooperación e integración económica” y “concertación política” que se han diseñado en América Latina y el Caribe desde la fundación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) en 1960 hasta nuestros días; pasando –como veremos en los próximos párrafos— por el Mercado Común Centroamericano (MCCA), por el Pacto Andino (PA), por la Comunidad del Caribe (CARICOM), por el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), por el Grupo de Concertación y Cooperación de Río de Janeiro (Grupo de Río), por el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y por la Asociación de Estados del Caribe (AEC).

Sobre todo, porque –como bien indicaron a fines del 2004 los presidentes de Cuba y Venezuela, Fidel Castro y Hugo Chávez, en su comunicado conjunto respecto a la Alternativa Bolivariana para las América (ALBA)— ninguno de los “esquemas integracionistas” antes referidos se han fundado en el previo despliegue de proyectos de desarrollo superadores de las dependencias externas, inequidades, injusticias y superpuestas marginaciones y discriminaciones sociales, económicas, políticas y culturales que tipifican a la mayoría de las sociedades latinoamericanas y caribeñas. Tampoco han logrado trascender la matriz mercantilista y escasamente solidaria que los ha animado desde su correspondiente fundación hasta su precaria actualidad.

Así se demostró empíricamente en la profunda crisis en que, a su turno, cayeron en las décadas de 1970 y 1980 todos los esquemas integracionistas (el MCCA, el PA y la CARICOM) fundados en “modelo desarrollistas”, así como de “industrialización para la sustitución de importaciones” (ISI) impulsado, desde fines de la década de 1950 hasta bien entrada la década de 1980, por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la ONU. Y, en los años posteriores, en los profundos déficit económico, sociales, culturales, democráticos, jurídicos e institucionales que en el momento de escribir estas páginas afectan, con mayor o menos intensidad, al Sistema de Integración Centroamericano (SICA), a la Comunidad Andina (CAN), a la CARICOM y al MERCOSUR. En consecuencia, ninguna de esas instituciones han logrado avanzar en la creación de “las instancias supranacionales” que –según las experiencias históricas— se requieren para profundizar la unidad y la integración multinacional y multidimensional de América y el Caribe.

Como indique en un trabajo anterior,[52] no hay dudas de que en la base de todos esos déficit se encuentran las terribles y polivalentes consecuencias que han provocado en el continente los “modelos de crecimiento económico hacia afuera” derivados de los Programas de Ajuste Estructural (PAE) aceptados, con mayor o menor pleitesía, por la mayor parte de los gobiernos continente bajo la coacción del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM) y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) después de la aprobación del llamado “Consenso de Washington de 1990. Pero a ello también hay que agregar las ineficacias demostradas por “la transformación productiva con equidad” y el “regionalismo abierto” abierto impulsado por la CEPAL a partir de 1993.

Cual demuestra todos los datos empíricos existentes, más allá de algunos “éxitos” puntuales, la acción única o combinada de ambas “recetas” han terminado desnacionalizando y privatizando las economías, fortaleciendo la dependencia económica y financiera hacia las principales potencias capitalistas (Estados Unidos y la Unión Europea), estancando los intercambios comerciales e inversionistas entre los países latinoamericanos y caribeños, provocando agudos procesos de deterioro social y ecológico-ambiental, desprestigiando y “minimizando” las democracias representativas o represivas de vieja data o instauradas en los lustros más recientes y, lo que es peor, cercenando la soberanía y la autodeterminación de la mayor parte de los Estados de esa región para emprender modelos de desarrollo “hacia adentro y hacia abajo” y las concertaciones político-económicas y jurídico-institucionales que demanda el continente para enfrentar la ofensiva combinada de la denominada “triada del poder mundial” (UE, Japón y Estados Unidos) y, en particular, de los sectores más conservadores de Europa y de los grupos de otrora llamada “nueva derecha” –incluidos los “neoconservadores” y los “neofascistas”— que en la actualidad controlan los principales comandos del sistema político estadounidense.

Todo ello se ha reflejado en la perdida de eficacia de todos los organismos de concertación política y cooperación económica que funcionan en América Latina y el Caribe; incluido el SELA, el Grupo de Río y la AEC. También en la ralentización de las relaciones de la región con la UE y en la cadena de nuevas Convenciones y Protocolos dirigidos a “modernizar” y a “reformar” la Carta de la OEA que se han venido produciendo desde la Asamblea General de ese organismo efectuada en Santiago de Chile en 1991 hasta la efectuada en República Dominicana a comienzos del 2006; pasando por las innumerables Resoluciones y Planes de Acción de las cuatro reuniones ordinarias y las dos extraordinarias de las Cumbres de las Américas, así como por la infinidad de reuniones políticas y técnicas efectuadas al amparo de esos y otros conclaves panamericanos.

La derrota que sufrió la pretensión de Estados Unidos y de sus principales aliados en el hemisferio occidental (incluido el gobierno de Canadá) de concluir las negociaciones del llamado Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) en la Cumbre de las Américas efectuada en Mar del Plata, no nos puede llevar a olvidar que todos los acuerdos adoptados en esos “convites” han conspirado y conspiran contra los vigentes anhelos libertarios y unitarios de los Próceres y Mártires de la primera y la segunda independencia de Nuestra América.

Por ello y por las demás lecciones de la historia reflejadas en este ensayo, considero que en estos nuevos momentos de cambios favorables a los intereses populares están viviendo diversos países de América Latina y el Caribe es imprescindible reverdecer la utopía del “socialismo indo americano” planteada por el Amauta José Carlos Mariátegui a comienzos del siglo XX y, en ese contexto, recordar el vigente llamado de José Martí:

Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, según lo acaricie el capricho de la luz, o lo tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado como la plata en las raíces de los Andes.

La Habana, 13 de agosto del 2006



[1] Carmen L. Bohórquez Morán: Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003. También puede consultarse de la propia autora la Tercera Edición en español, ampliada y revisada, de esa obra realizada por El perro y la rana ediciones, Caracas, 2006.

[2] Sergio Guerra Vilaboy: Breve historia de América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, pp. 76-84.

[3] José Luciano Franco: Historia de la Revolución de Haití, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004.

[4] Las referencias de Miranda a “nuestra América” como sinónimo de “América Meridional”, “Colombia” o “hispano América” pueden encontrarse en Carmen L. Bohórquez Morán: Miranda: Bitácora de un visionario de Nuestra América, Ministerio de Comunicación e Información, Caracas, 2006. A su vez, la manera en que, a fines del siglo XIX, José Martí reelaboró ese término, aparecen en su ensayo “Nuestra América”. Este puede encontrarse, entre otras referencias bibliográficas, en José Martí: Nuestra América, Casa de las Américas, La Habana, 1974, pp. 19-40.

[5] Citado por José Ernesto Schulman: La parte o el todo: Un mapa para recorrer la historia de la lucha de clases en la Argentina, Manuel Suárez-Editor, Buenos Aires, 2005, p. 11.

[6] Los interesados en mis reflexiones anteriores sobre ese tema pueden consultar: Luis Suárez Salazar: América Latina y el Caribe: Medio siglo de crimen e impunidad (1948-1998), Zambon Iberoamericana-José Martí, Zafarroa y La Habana, 2001 y Madre América: Un siglo de violencia y dolor (1898-1998), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003.

[7] Manuel Medina Castro: Estados Unidos y América Latina: Siglo XIX, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, pp. 53-65.

[8] Ramiro Guerra: La expansión territorial de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.

[9] Una aproximación a las causas internas y externas que permiten definir las luchas por las “primeras independencias” de América Latina y de algunos países del Caribe como “revoluciones burguesas incompletas”, puede encontrarse en Manfred Kossok: La revolución en la historia de América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, pp. 129-154.

[10] Carmen L. Bohórquez Morán: Francisco de Miranda…, Editorial de Ciencias Sociales, pp. 236-237.

[11] Gregorio Selser: Enciclopedia de las intervenciones extranjeras en América Latina, Monimbó e.V, Dietzenbach, Republica Federal Alemana, 1992

[12] Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo: “Raíces históricas de la integración latinoamericana”, en Carolina Crisorio y otros: Historia y Perspectiva de la integración latinoamericana, Asociación para la Unidad de Nuestra América (AUNA)/Escuela de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 2000, p. 55.

[13] Alberto Prieto: Ideología, economía y política en América Latina: Siglos XIX y XX, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, pp. 16-18.

[14] Simón Bolívar: “Carta al Señor general F. de P. Santander” (Arequipa, 30 de mayo de 1825), en Simón Bolívar: Obras Completas, Editorial LEX, La Habana, 1947, Tomo 1, pp. 1103-1109.

[15] Ramiro Guerra: Ob. cit.

[16] Manuel Medina Castro: Ob. cit, pp. 410-420.

[17] Ibidem, pp. 477-482.

[18] Juan Bosch: De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, frontera imperial, Casa de las Américas, La Habana, 1981

[19] Gordon Conell-Smith: Los Estados Unidos y América Latina, Fondo de Cultura Económica, México, 1997.

[20] José Martí: “Congreso Internacional de Washington: Su historia, sus elementos y sus tendencias”, en Nuestra América, ed. cit., p, 256.

[21] Luis Suárez Salazar: Madre América: Un siglo de violencia y dolor (1898-1998), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2003.

[22] La expresión “relaciones incestuosas” entre las clases dominantes y las fuerzas armadas estadounidenses y las latinoamericanas y caribeñas pertenece al historiador norteamericano Arthur Schlesinger Jr. Al respecto puede consultarse su libro Los mil días de Kennedy, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1979.

[23] Luis Suárez Salazar: “Las bicentenarias agresiones de Estados Unidos contra América Latina y el Caribe: Fuente constante del terrorismo de Estado”, http://www.terrorfileonline.org

[24] Luis Suárez Salazar: América Latina y el Caribe: Medio siglo de crimen e impunidad (1948-1998), Editorial Zambon Iberoamericana-Editorial José Martí, Zafarroa y La Habana, 2001.

[25] Luis Suárez Salazar: “Crisis y recomposición del sistema de dominación ‘global’ de Estados Unidos: El ‘nuevo orden panamericano’”, Ponencia presentada a la segunda reunión del Grupo de Estudios sobre Estados Unidos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), Río de Janeiro, 21-22 de agosto del 2006.

[26] Simón Bolívar: “Carta al coronel Patricio Campbell” (Guayaquil, 5 de agosto de 1829), en Simón Bolívar: Obras Completas, Editorial LEX, La Habana, 1947, Tomo II, p. 737.

[27] La categoría “cooperación antagónica” entre las potencias imperialistas fue acuñada por el marxista alemán, August Talheimer, después de la segunda posguerra con vistas a explicar las intrincadas relaciones de integración-cooperación-competencia-conflicto que se constantemente se producen entre las principales potencias imperialistas, aún en los momentos en que una de ellas mantenga una posición hegemónica o dominante en sus relaciones mutuas y, por en ende, en los asuntos internacionales. Para un enfoque sobre la ese tema puede consultarse: Ruy Mauro Marini: “La integración imperialista y América Latina”, en La teoría social Latinoamericana: Textos escogidos, UNAM, México, 1994, Tomo II, páginas 15-19.

[28] Carmen L. Bohórquez Morán: Francisco de Miranda, el Precursor…, pp. 248-252..

[29] Alcides Hernández: La integración de Centroamérica desde la Federación hasta nuestros días, Departamento Ecuménico de Investigaciones, San José, Costa Rica, 1994, pp. 51-56.

[30] Darcy Ribeiro: Las Américas y la civilización, Casa de las Américas, La Habana, 1992, pp. 174-204.

[31] Eduardo Galeano: Memoria del Fuego, Tomo II, Casa de las Américas, La Habana, 1990, pp. 235-238 y 247-249.

[32] Demetrio Boersner: Relaciones Internacionales en América Latina, Editorial Nueva Sociedad, Caracas, 1996.

[33] Manfred Kossok: Ob. cit., p. 154.

[34] Juana Tania García Lorenzo: La economía y la integración de la Comunidad del Caribe: Encuentros y desencuentros, Tesis de Doctorado presentada en la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana, 2005.

[35] Manuel Medina Castro: Ob. cit., pp. 402-420.

[36] Aunque es correcto identificar –como han hecho varios autores (i.e., Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado Gallardo, así como Alcides Hernández: Ob. cit.)— todos esos proyectos con las vigentes e inconclusas luchas por lograr la unidad y la “integración económica” latinoamericana y caribeña, un análisis historiográfico más preciso obliga a reconocer que cada uno de ellos fueron formulados en circunstancias históricas diferentes. Así, los proyectos de Miranda, Bolívar, Artigas, San Martín y Morazán surgieron cuando aún no se habían formado, ni consolidado los actuales Estados-nacionales latinoamericanos; mientras que el proyecto martiano surgió cuando su consolidación era una realidad ineludible. A su vez, en rigor, todos los proyectos antes mencionados tenían consecuencias políticas-jurídicas, económico-sociales, ideológico-culturales e institucionales mucho más trascendentales que todos los esquemas de “integración económica” que se han venido desarrollando en América Latina y el Caribe desde 1960 hasta la actualidad. Mucho más porque algunos de esos esquemas, por sus grandes debilidades, realmente lo que han contribuido es la integración subordinada del continente a las necesidades geopolíticas y geoeconómicas de los Estados Unidos y de las principales potencias imperialistas europeas. A su vez, el esquema de integración caribeño actualmente expresado en la Comunidad del Caribe (CARICOM) tiene orígenes históricos e ideológico-culturales diferentes a los proyectos para la unidad latinoamericana impulsados por los Próceres de la “primera” y la “segunda independencia” de ese continente.

[37] Liévano Aguirre, Indalecio: Bolívar, Editorial de Ciencias Sociales-Editorial José Martí, La Habana, 2005.

[38] Celso Furtado: Breve Historia económica de América Latina, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969, p. 21.

[39] Sergio Guerra Vilaboy: Breve historia…, ed. cit., pp. 158-175.

[40] Manfred Kossok: Ob. cit., p. 159.

[41] El concepto “Estados semi-independientes” fue acuñado por Vladimir Ilich Lenin en su célebre obra El imperialismo: fase superior del capitalismo. Con ese término Lenin se refería a los Estado nacionales que, luego de haber obtenido su independencia política y, en algunos casos, económica, en las condiciones del “capitalismo monopolista” volvieron a caer bajo la férula de la oligarquía financiera y de las principales potencias imperialistas.

[42] José Martí: “Carta a Manuel Mercado del 8 de mayo de 1895”, en José Martí: Ob. cit., p. 473.

[43] El lector debe reparar que geográficamente, “el hemisferio occidental” incluye parte de África Occidental. Sin embargo, los grupos dominantes estadounidense siempre lo han utilizado sólo para referir a sus vecinos del norte y el sur del continente americano.

[44] Nunca es ocioso recordar que, pocos años después de su fundación, el destacado dirigente comunista cubano Julio Antonio Mella, definió al APRA como una “asociación para revolucionarios arrepentidos”. Tampoco la rápida ruptura con esa organización emprendida por el Amauta José Carlos Mariátegui.

[45] Para un lúcido enfoque acerca de las diferencias existentes entre el “panamericanismo” y el “neo-panamericanismo”, puede consultarse el discurso pronunciado el 5 de marzo de 1954 por Guillermo Torriello Garrido, entonces Canciller de Guatemala, en la X Conferencia Interamericana efectuada en Caracas en el año antes indicado. Dicho discurso fue impreso y distribuido en La Habana por la Asociación para la Unidad de Nuestra América (AUNA) en una fecha que no he podido precisar.

[46] Los interesados en ese enfoque pueden consultar, James Petras: Neoliberalismo en América Latina: La izquierda devuelve el golpe, Homo Sapiens Ediciones, Rosario, Argentina, 1997.

[47] Ernesto Che Guevara: “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia de la lucha anticolonialista?”, en Ernesto Che Guevara: Obras 1957-1967, Tomo II, Casa de las Américas, La Habana, 1970, pp. 403-419.

[48] José de Jesús Martínez: Mi general Torrijos, Casa de las Américas, La Habana, 1987.

[49] Manuel Piñeiro Losada: “La crisis actual del imperialismo y los procesos revolucionarios en América Latina”, en Luis Suárez Salazar (compilador): Barbarroja: Selección de testimonios y discursos del Comandante Manuel Piñeiro Losada, Ediciones Tricontinental-SIMAR S.A., La Habana, 1999, pp. 195-223.

[50] Roberto Regalado: América Latina entre siglos: Dominación, crisis, lucha social y alternativas políticas de la izquierda, Ocean Press, Melbourne, Nueva Cork y La Habana, 2006, pp. 173-201.

[51] Comité de Santa Fe: “Las relaciones interamericanas: escudo de la seguridad del Nuevo Mundo y espada de la proyección del poder global de Estados Unidos”, en Documentos, No. 9, Centro de Estudios sobre América, La Habana, 1981.

[52] Luis Suárez Salazar: “Hacia un nuevo paradigma para la integración multinacional latinoamericana y caribeña: un enfoque desde la prospectiva crítica y participativa”, en Pensar a Contracorriente, Volumen II, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, pp. 106-134.

Tomado de http://www.revistacaliban.cu/articulo.php?personasPage=2&article_id=7&numero=1

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